—Eres un extraño porque no estuviste.
Ethan cerró los ojos.
Aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Entonces Leo estiró su pequeña mano y agarró uno de sus dedos.
Ethan quedó completamente destruido por ese pequeño gesto.
Porque por primera vez en dieciocho meses entendió lo que había perdido.
No un heredero.
No una obligación.
Un hijo.
Esa noche Ethan se quedó sentado en el suelo del salón durante horas mirando dormir a Leo.
No habló de negocios.
No habló de poder.
No habló de enemigos.
Solo preguntó:
—¿Qué le gusta?
Sonreí débilmente.
—Los cuentos antes de dormir.
—¿Qué más?
—Odia las verduras.
Por primera vez vi una pequeña sonrisa en su rostro.
—Eso lo heredó de mí.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Porque yo también odiaba que me obligaran a comerlas.
Y en ese instante entendí algo.
El hombre que había regresado no era exactamente el mismo que se había ido.
Pero todavía quedaba una verdad pendiente.
Alguien había robado dieciocho meses de la vida de Ethan con su hijo.
Y Ethan Blackwood no iba a descansar hasta descubrir quién.
Porque ahora tenía algo que nunca había tenido antes.
Una razón para luchar que no era poder.
Era familia.