Se detuvo al verme.
Su expresión cambió.
—Alex Vance.
La reconocí inmediatamente.
Era la doctora que había tratado a Elena durante nuestro matrimonio.
—Doctora Harris…
Ella dejó los documentos sobre la mesa.
—Creo que ya es momento de que sepas toda la verdad.
Sentí un peso en el pecho.
—¿Hay algo más?
La doctora miró a Elena.
Ella asintió.
—Cuando Elena quedó embarazada, hubo complicaciones. No sabía si podría llevar el embarazo completo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué pasó?
—Su familia la apoyó. Sus amigos. Y también una persona que ella nunca esperaba.
Miré a Elena.
Ella apartó la mirada.
—Mi padre.
Me quedé sorprendido.
Elena siempre me había dicho que su padre era distante.
—¿Tu padre?
Ella asintió.
—Cuando supo que estaba sola y embarazada, me dijo algo que nunca olvidaré.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Me dijo: “Un hombre puede abandonar una familia. Pero una madre nunca abandona a sus hijos”.
Bajé la cabeza.
Porque sabía exactamente a quién se refería.
A mí.
Esa noche no pude dormir.
Regresé a mi ático y miré las paredes enormes, los muebles caros, todo aquello que había perseguido durante años.
Y por primera vez, todo parecía vacío.
Había conseguido la empresa.
Había conseguido dinero.
Había conseguido el apellido que tanto quería proteger.
Pero había perdido cinco años con mis hijos.
Cinco años de cumpleaños.
Primeros pasos.
Primeras palabras.
Primeros días de escuela.
Cinco años que nadie podía devolverme.
Al día siguiente volví a Little Nests.
Esta vez no esperé afuera.
Elena me recibió en silencio.
—No quiero recuperar lo que perdí contigo —dije.
Ella levantó la mirada.
—¿No?