PARTE 2: EL DÍA QUE JULIAN DESCUBRIÓ QUE SU ESPOSA NUNCA ESTUVO SOLA

Su rostro cambió.

Porque no sabía que el reloj de mi padre no solo enviaba una señal de emergencia.

También activaba un protocolo de seguridad.

Audio.

Ubicación.

Registro biométrico.

Todo.

Cada palabra.

Cada risa.

Cada segundo.

Todo había quedado guardado.

En el hospital, después de varias horas de pruebas, el médico finalmente entró.

—Su bebé está estable.

Cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo dejé salir las lágrimas.

No por Julian.

Por mí.

Por la mujer que había pasado años creyendo que debía esconder quién era para descubrir si alguien la amaba de verdad.

Al día siguiente, mi padre entró en la habitación.

El almirante Héctor Sterling seguía teniendo esa presencia que hacía que todos enderezaran la espalda.

Pero conmigo no era un comandante.

Era mi padre.

Se sentó junto a mi cama.

—Debiste llamarme antes.

Bajé la mirada.

—Quería saber la verdad.

Él suspiró.

—¿Y ahora?

Miré la pequeña cuna junto a la ventana.

—Ahora sé quién es Julian.

Mi padre abrió una carpeta.

Dentro estaban los documentos que había preparado durante la noche.

Investigaciones.

Transferencias.

Contratos.

Pruebas de que Julian había utilizado recursos familiares sin autorización.

Y algo más.

La firma de Victoria aparecía en varios documentos.

No era solo una amante.

Era una socia.

Habían planeado tomar el control de la empresa después de mi muerte.

Mi padre cerró la carpeta.

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