La observé durante unos segundos.
Y entonces entendí algo.
Allison no era una víctima de mi padre.
Era una persona que había aprendido a disfrutar estar por encima de mí.
Antes de que pudiera responder, las puertas principales del salón se abrieron.
El sonido de los pasos hizo que varias personas giraran la cabeza.
Un hombre entró.
Traje oscuro.
Postura tranquila.
Mirada firme.
El tipo de presencia que no necesitaba llamar la atención para tenerla.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Quién es ese?
No respondí.
Porque todos estaban a punto de descubrirlo.
El hombre caminó directamente hacia mí.
Ignoró los murmullos.
Ignoró las miradas.
Y cuando llegó frente a mí, tomó mi mano con cuidado.
—Meredith.
Su voz era baja.
Familiar.
Segura.
—Llegué tarde.
Lo miré.
Y por primera vez aquella noche, mis ojos se suavizaron.
—Llegaste justo a tiempo, Daniel.
El salón quedó completamente en silencio.
Mi padre dejó de sonreír.
—¿Daniel?
El hombre se volvió hacia él.
—Daniel Reyes.
Extendió la mano.
Pero mi padre no la tomó.
Porque finalmente reconoció el apellido.
Todos lo reconocieron.
Daniel Reyes no era un desconocido.
Era el fundador de una de las empresas tecnológicas más importantes del país.
El hombre que aparecía en revistas financieras.
El empresario que había rechazado docenas de entrevistas.
El multimillonario que durante tres años había mantenido su matrimonio lejos de los medios.
Mi padre abrió la boca.