Mi permiso comenzó con la peor escena de mi vida: mi esposa estaba rapada y mi madre exigía que la echara por una deuda de más de 100 mil pesos. “No quiero escuchar excusas”, dijo mi hermana. Yo tampoco discutí; puse sobre la mesa un video, varios pagarés y un contrato de venta. En segundos, dos personas de mi familia dejaron de mirarme a los ojos.