Una hora después Verónica recibió los correos.
Me llamó inmediatamente.
—Esto cambia mucho las cosas.
—¿Por qué?
—Porque Javier escribió que, cuando estuvieras fuera de la casa, podría terminar el trámite sin que “hicieras preguntas”.
Miré la fotografía de Mateo.
Durante días Javier creyó que yo estaba demasiado destruida para defenderme.
Tal vez tenía razón sobre una cosa.
La Mariana que entró al panteón aquel día estaba destruida.
Pero la mujer que acababa de leer esos correos ya no quería entenderlo.
Quería detenerlo.
Y Javier todavía no sabía que la financiera había entregado a las autoridades los registros electrónicos completos de la solicitud.
Incluido el dispositivo desde donde habían enviado mi supuesta firma.
PARTE 3
Tres días después regresé a mi casa.
No para recuperar mi matrimonio.
Ni siquiera para recuperar la vivienda.
Regresé por las cosas de Mateo.
Cuando llegué, descubrí una cerradura nueva.
Me quedé mirando el cerrojo metálico durante varios segundos.
Javier había cambiado las chapas de una casa que legalmente no le pertenecía.
Llamé a Verónica.
—No intentes entrar por la fuerza —me advirtió—. Voy para allá.
Llegó acompañada por una patrulla después de que presentamos la documentación correspondiente.
Javier abrió la puerta.
Al verme, frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Vine por mis cosas.
—Tú te fuiste.
El policía intervino.
—Señor, ¿tiene algún documento que acredite que esta propiedad está a su nombre?
Javier lo miró.
—Soy su esposo. Llevo viviendo aquí doce años.
—No fue lo que le pregunté.
Javier apretó la mandíbula.
Verónica mostró copia de la escritura.
—Mi clienta es la propietaria.
Él me miró como si yo fuera quien lo había traicionado.
—¿De verdad vas a hacer esto?
No respondí.
Entré.
La casa olía diferente.
Había flores nuevas sobre la barra de la cocina. Un suéter de Claudia estaba colgado en una silla. Sus zapatos descansaban junto a la escalera.
Subí al cuarto de Mateo.
Y me detuve en seco.
Habían puesto cajas contra la pared.
Ropa de Claudia.
Una maleta.
Productos para bebé.