Podía haber sido parte de un plan.
Y lo que encontramos después fue todavía peor.
PARTE 2
Mi amiga me recomendó a la licenciada Verónica Robles, una abogada que revisó la escritura, mi acta de matrimonio y todos los documentos de la casa.
—La propiedad es tuya —dijo—. La adquiriste antes del matrimonio y aparece únicamente a tu nombre. Javier no puede venderla ni hipotecarla sin tu consentimiento.
—¿Y si lo intenta?
Verónica me miró fijamente.
—Entonces tendremos un problema mucho más serio que un divorcio.
Esa misma tarde Javier llamó.
—Necesitas venir a firmar unos papeles.
—¿Qué papeles?
Hubo un silencio.
—De la casa.
—Mi casa.
Su tono cambió.
—La abandonaste.
—Dormí fuera tres noches porque acabábamos de enterrar a nuestro hijo y tú metiste a tu amante.
—Claudia se va a mudar aquí.
—Haz lo que quieras, Javier.
—Ya no tienes nada, Mariana.
Colgué.
Minutos después vi una publicación de Claudia.
Estaba dentro de mi cocina, con una mano sobre el vientre.
“A veces la vida te regala un nuevo comienzo”, había escrito.
Detrás de ella seguían pegados los dibujos de Mateo.
Fue esa imagen, más que su embarazo, la que me provocó náuseas.
Dos días después Verónica me llamó.
—Mariana, necesito que te sientes.
—¿Qué pasó?
—Una financiera recibió una solicitud para tramitar un crédito con garantía sobre tu propiedad.
—Pero yo nunca solicité nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿quién firmó?
Verónica tardó unos segundos en responder.
—En el expediente aparece tu nombre.
Abrí inmediatamente mis correos.
Encontré avisos que había ignorado durante las semanas de hospitalización de Mateo. Consultas de crédito. Solicitudes de valuación. Una petición de documentos.
Todo había comenzado antes de que mi hijo muriera.