Así terminé viviendo en una habitación de invitados de la residencia Cross.
Era más grande que toda la casa donde había vivido durante dieciocho años.
Pero lo más extraño no era el tamaño.
Era el silencio.
Nadie me gritaba.
Nadie me daba órdenes.
Nadie me decía que mi existencia era menos importante que la de otra persona.
No sabía cómo comportarme en un lugar donde no tenía que pedir permiso para respirar.
Gabriel observaba todo.
Al principio pensó que yo tenía algún plan.
Dinero.
Fama.
Una posición dentro de la familia Cross.
Pero pasaron los días y no pedí nada.
Ni ropa.
Ni joyas.
Ni una habitación mejor.
Solo pedí una cosa:
—Necesito una computadora.
Él frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para terminar mis estudios.
Esa respuesta pareció sorprenderlo.
—Pensé que dejaste la escuela.
Lo miré.
—Mi madre decidió eso.
Silencio.
—Yo no.
Poco a poco, Gabriel empezó a hacer preguntas.
No sobre el bebé.
Sobre mí.
Y yo respondí.
Le conté que siempre fui la hija que debía entender.
La hija que debía ceder.
La hija que nunca podía estar cansada porque Valeria tenía más futuro.
Gabriel escuchó sin interrumpir.
Hasta que una noche dijo: