Tres playeras.
Unos tenis.
Un suéter.
Cuadernos.
Varias fotografías de su mamá.
Eso era casi todo lo que poseía después de cinco años recibiendo supuestamente decenas de miles de pesos mensuales.
Cuando salimos, Teresa gritó desde la puerta:
—¡Vas a regresar! ¡Tu padre no sabe cuidarte!
Mariana comenzó a temblar.
Me giré.
—Tal vez no supe cuidarla antes. Pero voy a aprender.
Cerré la puerta.
Renuncié al proyecto que me mantenía viajando.
Mi empresa me ofreció un puesto en Guadalajara con un salario considerablemente menor.
Acepté.
Durante años creí que ser buen padre significaba mandar suficiente dinero.
Descubrí demasiado tarde que ningún depósito sustituye estar presente.
Alquilamos un departamento pequeño cerca de la escuela.
El primer día puse una canasta con fruta, pan, galletas y barras de chocolate en la cocina.
A la mañana siguiente estaba vacía.
Encontré comida escondida debajo de su cama, dentro de una mochila y al fondo del clóset.
No dije nada.
La psicóloga me había advertido que no debía avergonzarla.
Simplemente rellené la canasta.
Todos los días.
Durante semanas, Mariana escondió alimentos.
Después comenzó a hacerlo menos.
Hasta que una mañana vi una barra de chocolate que llevaba tres días exactamente en el mismo lugar.
No dije nada.
Entré al baño y lloré.
Porque aquello significaba que una parte de mi hija comenzaba a creer que mañana también habría comida.
Con el dinero ocurrió algo parecido.
Le daba una cantidad semanal y casi no gastaba.
Cuando compró una pluma de treinta pesos, guardó el recibo.
—Papá, había otra de quince.
—¿Te gustaba más esta?
—Sí.
—Entonces disfrútala.
—¿No estás enojado?
—No.
Meses después compró un libro y no me enseñó el recibo.
Fue una de mis mayores alegrías de aquel año.
Mientras tanto, la investigación avanzó.
Encontraron documentos con información falsa, firmas alteradas, apoyos gubernamentales y escolares solicitados bajo datos engañosos y transferencias destinadas a gastos personales.
Mi madre terminó aceptando un acuerdo judicial.
Tuvo que vender bienes para restituir parte del dinero y recibió sanciones económicas, restricciones y una condena reducida por algunos de los cargos.
El día de la resolución me miró y preguntó:
—¿Ya estás feliz?
—No.
—Me destruiste.
—No, mamá. Tus decisiones te trajeron hasta aquí.
—Todo por esa niña.
La miré fijamente.
—No. Todo por lo que tú hiciste con esa niña.
Se rio con amargura.
—Te puso contra tu propia madre.
Aquella frase ya no funcionaba.
—Tú me pusiste contra mi hija durante cinco años. Y yo te ayudé porque elegí no escucharla. Esa parte es mi culpa.
Me dolió reconocerlo.