La pantalla se encendió.
Apareció la sala de nuestra casa. Mauricio y Daniela estaban abrazados con copas en la mano.
Su propia voz llenó el salón:
“Yo mismo corté la manguera del freno. Con la tormenta nadie va a sospechar. En cuanto declaren muerta a Valeria, cobro los dieciocho millones.”
Nadie aplaudió.
La vergüenza fue más fuerte que cualquier grito.
Daniela empezó a caminar hacia una salida, pero dos agentes de investigación entraron al salón.
—No se vaya, señorita.
Ella se quedó paralizada.
Mauricio se lanzó hacia la consola.
—¡Apaguen eso! ¡Está manipulado!
Gabriel levantó una carpeta.
—El archivo original ya fue entregado a la Fiscalía junto con peritajes de audio, grabaciones y el reporte mecánico del vehículo recuperado. Los técnicos encontraron un corte deliberado en la línea de frenos.
Mauricio se volvió hacia Daniela.
—¡Tú hiciste esto! ¡Tú me llenaste la cabeza!
Daniela soltó una carcajada nerviosa.
—¿Yo? Tú cortaste los frenos con tus propias manos.
La pantalla cambió.
Ahora apareció la oficina de Mauricio. Daniela se escuchó exigiendo dinero y amenazándolo con revelar el crimen.
Luego llegó la segunda grabación.
“Recójanla el lunes por la noche. Quítenle el teléfono. Después háganla desaparecer.”
Daniela se llevó las manos a la boca.
—¿Me ibas a matar?
—Dani, escucha…
—¡Me juraste que nos iríamos juntos!
—¡Cállate!
Ella se abalanzó sobre él y los agentes intervinieron.
Me sorprendió descubrir que no sentía satisfacción.
Frente a mí no había monstruos gigantes. Sólo dos personas pequeñas que habían decidido que una vida valía menos que una póliza.
Mauricio forcejeó hasta que lo esposaron.
Cuando comprendió que ya no podía escapar, la soberbia desapareció.
—Valeria, por favor.
No respondí.
—Yo estaba desesperado. La empresa se iba a hundir. Daniela me presionó. Cometí un error, pero podemos arreglarlo.
—¿Un error? Olvidar un aniversario es un error. Cortar los frenos del auto de tu esposa y mandarla a una carretera de montaña durante una tormenta es una decisión.
—Te amo.
Aquellas dos palabras ya no significaban nada.
—No. Tú amabas lo que creías que podías sacarme.
Se arrodilló.
—Puedo cambiar.
—Tuviste una segunda oportunidad sin saberlo. Cuando creíste que yo estaba muerta, pudiste sentir culpa. Pudiste buscarme. Pudiste negarte a cobrar el seguro. Pudiste salvar tu empresa con el dinero del rescate y pagar a tus trabajadores.
Lo miré fijamente.
—En cambio, lo primero que preguntaste fue por el acta de defunción. Después echaste a Daniela para proteger tu imagen. Usaste parte del adelanto en gastos personales y finalmente intentaste mandar a matar a la única persona que podía incriminarte.
Mauricio cerró los ojos.
Había entendido.
No lo había atrapado una trampa.
Lo había atrapado su propia forma de ser.
Los agentes se lo llevaron.
Daniela avanzó detrás, también esposada. Al pasar junto a mí, se detuvo.
—Tú también me engañaste. Fingiste ser pobre.
—Yo oculté mi dinero. Tú ocultaste que dormías con mi esposo y que sabías que planeaba matarme. No somos iguales.
—Si hubiera sabido quién eras…
—Ése es exactamente el problema. Si hubieras sabido quién era, me habrías tratado mejor. Doña Lupita no sabía quién era cuando me salvó.
Daniela palideció.
—La señora está viva. Y también quedó grabado cómo la empujaste y la dejaste herida en la calle.
Las puertas se cerraron detrás de ellos.