Ricardo mandaba mensajes todos los días.
Preguntaba por Mateo.
Preguntaba por las niñas.
A veces escribía que quería hablar conmigo.
Yo respondía sólo lo necesario.
No porque hubiera dejado de quererlo de un día para otro, sino porque seguía escuchando la misma frase cada vez que cerraba los ojos.
“Ese niño no es mío.”
Había palabras que se decían una sola vez y, aun así, podían quedarse años dentro de una casa.
El resultado llegó primero sobre Mateo.
Yo estaba sentada en la mesa de mi hermana, con Renata coloreando a mi lado, cuando recibí la notificación.
Abrí el documento con una mano.
No tuve que leer demasiado.
La conclusión confirmaba la paternidad de Ricardo con una probabilidad superior al 99.99 por ciento.
Me quedé viendo la pantalla.
Había imaginado ese momento muchas veces durante la espera.
Creí que sentiría satisfacción.
Tal vez alivio.
Tal vez ganas de llamarlo y gritarle que yo tenía razón.
No sentí ninguna de esas cosas.
Sentí cansancio.
Ricardo recibió el mismo resultado.
Me llamó casi de inmediato.
No contesté a la primera.
Volvió a llamar.
Entonces sí respondí.
—Mariana.
Su voz se quebró al decir mi nombre.
—Ya lo vi.
—Yo también.
—Perdóname.
Miré a Mateo dormido en el portabebé junto a la mesa.
—¿Qué parte?
Ricardo no respondió.
—¿Acusarme? ¿Dejarme sola? ¿Negarte a cargarlo? ¿Decirme que no podías entrar a tu propia casa con él?
—Todo.
—No se arregla con una llamada.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas todavía.
Se oyó respirar del otro lado.
—Quiero verlo.
—Primero quiero saber qué vas a decirles a tus hijas.
—La verdad.
—Entonces empieza por ahí.
Ricardo fue a casa de Patricia esa tarde porque las niñas estaban allí unas horas.
Yo no estuve presente, pero Sofía me contó después que su papá se sentó con ellas y reconoció que había cometido un error muy grave con Mateo y conmigo.
No habló de infidelidad.
No mencionó a Javier.
Sólo les dijo algo que sí les correspondía saber: se había ido cuando debía quedarse.
Camila le preguntó si Mateo seguía siendo su hermano.
Ricardo respondió:
—Siempre lo fue.
Ese fue el primer paso que no me pareció hecho para protegerse a sí mismo.