—Porque resulta que tengo algo que tú no tienes.
Abrí el sobre.
Era un contrato.
Mi contrato de matrimonio.
Y había una cláusula marcada en rojo.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Elena sonrió.
—Que ciertas propiedades adquiridas durante el matrimonio pueden considerarse bienes familiares.
Miré el documento.
Después la miré a ella.
—Este restaurante no se compró durante mi matrimonio.
—Pero tu esposo invirtió dinero.
—¿Cuánto?
Ella dudó.
—Lo suficiente.
—Dime la cantidad.
—No tengo por qué…
—Doscientos mil pesos —dije.
Elena se quedó callada.
—Eso fue lo que aportó tu hijo al comienzo.
Saqué otra carpeta.
—Yo puse casi cuatro millones.
La mesa quedó en silencio.
—Y tengo cada transferencia.
Elena palideció.
—Eso no significa…
—Sí significa.
Saqué otro documento.
—Porque además, el dinero que tu hijo puso no salió de sus ahorros.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Salió de un préstamo.
Silencio.
—Un préstamo que tú firmaste como aval.
La copa de Elena quedó suspendida en el aire.
—Eso es imposible.
—No.
Le mostré el documento.
—Lo que es imposible es que sigas fingiendo que todo esto te pertenece.
Pero todavía no había terminado.
Porque había algo que Elena no sabía.
Durante meses había estado revisando las cuentas de la empresa.
Y había encontrado transferencias extrañas.
Pequeñas cantidades al principio.
Luego más grandes.
Hasta que descubrí que alguien estaba sacando dinero del restaurante y enviándolo a una cuenta personal.