Su padre respondió:
—Más de **tres millones de pesos**.
Daniela sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
No por el dinero.
Por sus padres.
Por los ocho años que había pasado lejos creyendo que estaba protegiéndolos.
Mauricio dio un paso atrás.
—Yo puedo explicarlo.
Daniela negó lentamente.
—No.
Sacó el teléfono.
—Ahora vas a explicarlo delante de un abogado.
Mauricio la miró.
—¿Ya llamaste a uno?
Daniela sonrió.
—Hace veinte minutos.
A lo lejos apareció un automóvil.
Un hombre bajó con una carpeta en la mano.
Era el abogado.
Y detrás de él venían dos personas más.
Daniela tomó la mano de su madre.
—Mamá, papá… vámonos.
Su padre la miró.
—¿A dónde?
Daniela respiró profundamente.
—A casa.
Su madre comenzó a llorar.
—Pero ya no tenemos casa.
Daniela miró a Mauricio.
—Todavía no.
Luego miró a sus padres.
—Pero vamos a recuperarla.
Mauricio dio otro paso atrás.
—No puedes hacer esto.
Daniela respondió con calma:
—No.
—¿Qué?
—Tú lo hiciste.
Pausa.
—Yo solamente voy a descubrir toda la verdad.
Y aquella tarde, mientras Mauricio era interrogado por primera vez por su propio abogado, Daniela descubrió algo que cambiaría completamente la historia.
**Los tres millones de pesos no eran el único dinero que había desaparecido.**
Había otra cuenta.
Una cuenta secreta.
Y el beneficiario…
**era alguien que Daniela conocía desde niña.**
Alguien que había estado ayudando a Mauricio desde el principio.