No sé en qué momento una vida deja de ser lo que era.
Solo sé que la mía se rompió en dos en el pasillo de un supermercado.
Hace seis meses enterré a mi esposo. O al menos eso creí. Durante todo ese tiempo viví con el vacío de su ausencia: la cama fría, la casa en silencio, las rutinas que ya no tenían sentido.
El duelo se volvió parte de mi vida.
Hasta ayer.