Cuando lo vi… todo cambió
Giré la cabeza lentamente.
Y ahí estaba.
Un hombre canoso, de postura familiar, con los mismos gestos de siempre.
Mi esposo.
El hombre que yo había enterrado.
Me quedé inmóvil unos segundos, sin poder creerlo.
Y entonces reaccioné.
—¡Ernesto! —grité.
Pero él no me reconoció
Se giró.
Y me miró como si yo fuera una extraña.
Su respuesta fue tranquila, casi educada:
—Señora, creo que se equivoca. Me llamo Javier.
Sentí un vacío en el pecho.
Le mostré fotos. Le hablé de nuestra vida. De nuestra casa. De nuestros recuerdos.
Pero nada cambió.
Negó todo.
Incluso me tocó el hombro… como si intentara tranquilizar a una desconocida.
Ese gesto me destruyó por dentro.