Mi hermana gemela falleció en un accidente de coche hace diez años. El lunes pasado, mi dentista me llamó y me pidió que fuera a recogerla.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Luna.”

¿Quién rompió el jarrón de mamá durante la tormenta de nieve?

“Sí, te echaste la culpa porque papá quería castigarme antes del cumpleaños de Maisie.”

Casi me fallaron las rodillas.

“En realidad eres tú.”

Clara se acercó.

Di un paso atrás.

“¿Cómo es posible que sigas vivo?”

“¿Podemos irnos antes?”

“NO.”

Bajó la voz.

“Sobreviví a un accidente.”

“Te enterramos.”

“Era un ataúd vacío, Sarah.”

“Mamá todavía trae flores a tu tumba.”

Clara cerró los ojos.

“Mi padre no pudo conducir por esta carretera durante cinco años.”

“Lo sé.”

Esa palabra me detuvo.

“¿Cómo lo sabes?”

Su expresión facial cambió.

Entonces me di cuenta de que encontrar a mi hermana con vida no era la peor noticia que me podía pasar.

Afuera, Clara me pidió que la llevara a su apartamento.

Por un momento pensé que se refería a la casa de nuestros padres.

“Llamaré a mamá y a papá.”

“NO.”

La miré.

“¿Co?”

“Por favor, llévame a casa primero.”

“¿Tu casa?”

Me dio una dirección a dos pueblos de distancia.

“¿Vivías tan cerca?”

“Durante varios años.”

Me alejé de la acera.

Durante varios minutos ninguno de los dos habló.

Entonces Klara dijo: “Hay algo extraño en esta conversación telefónica”.