Lo miré durante varios segundos.
—Perfecto.
Su rostro reflejó alivio.
Seguramente esperaba una pelea.
En cambio, aquella misma tarde contraté una mudanza.
Me llevé los muebles que yo había comprado, mis cuadros, mis libros, la vajilla heredada de mi abuela, las lámparas, mis plantas, mis recuerdos y hasta la cafetera.
Cuando Sebastián regresó, encontró una casa prácticamente vacía.
—¿Qué pasó aquí?
Teresa, la señora que había trabajado conmigo desde antes del matrimonio, le respondió:
—La señora Mariana se llevó sus cosas.
Sebastián observó las habitaciones vacías y soltó una pequeña sonrisa.
—Está celosa.
Teresa lo miró con una expresión que jamás olvidaré.
Después se quitó el mandil.
—Y yo también me voy.
—¿Por qué?
—Porque trabajo para la señora Mariana, no para la casa.
Sebastián pareció confundido, pero terminó encogiéndose de hombros.
—Cuídela bien.
Él todavía creía que yo estaba haciendo berrinche.
Todavía pensaba regresar a buscarme un año después.
Todavía no entendía que algunas mujeres lloran mientras dejan de amar.
Yo regresé a casa de mis padres.
Mi madre abrió la puerta.
No dijo “te lo advertí”.
No preguntó por qué había tardado tanto.
Simplemente me abrazó.
Mi padre apareció detrás de ella.
Durante años Sebastián había repetido que mi familia lo despreciaba por su origen.
Y había una parte de verdad.
Mi padre había sido cruel cuando Sebastián pidió mi mano.
Le había dicho que jamás permitiría que su única hija se casara con alguien que parecía más interesado en ganar influencia dentro del Grupo Alcázar que en formar una familia.
Yo lo consideré clasista.
Discutí con todos.
Me fui de casa.
Después ayudé a Sebastián a conseguir contactos, financiación y oportunidades que ninguna persona de su edad habría conseguido tan rápido.
Él siempre decía que lo había logrado solo.
Yo nunca lo contradije.
Ahora entendía por qué mi padre había tenido miedo.
No porque Sebastián viniera de una rama secundaria de los Alcázar.
Sino porque siempre tenía que demostrar que valía más que alguien.
Más que sus hermanos.
Más que mi familia.
Más que yo.
Cuando consiguió el proyecto internacional tres años atrás, lo vio como la oportunidad definitiva para consolidarse.
Yo quise acompañarlo.