La primera noche que mi esposo regresó después de tres años fuera, noté que ya no dormía boca arriba: me rodeaba la cintura como si llevara años haciéndolo. Cuando pregunté “¿Quién te acostumbró a abrazar así?”, me contestó fríamente: “Mientras cierres los ojos, este matrimonio puede continuar”. No lloré delante de él; guardé mi teléfono y esperé hasta la mañana, cuando apareció la mujer que podía destruirlo todo.

—El joyero ya trajo el anillo que solicitó. Puede esperarlo en la sala de juntas.

Entré sin volverme.

Sebastián estaba detrás de su escritorio.

Al reconocer al abogado, dejó de sonreír.

El convenio de divorcio cayó frente a él.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice —respondí.

Sebastián me miró como si acabara de traicionarlo.

—Mariana, tú y yo prometimos estar juntos toda la vida.

Mi abogado levantó una ceja.

—Según la información que tenemos, señor Alcázar, fue su propia familia quien recomendó formalizar el divorcio para controlar el daño reputacional provocado por su relación extramarital.

Sebastián apartó los ojos.

Ahí comprendí que ya había hablado con su abuelo.

La familia Alcázar quería convertir el escándalo en una historia romántica: Sebastián se había divorciado discretamente y después había iniciado una relación con Camila.

Una mentira más elegante.

—No quiero divorciarme de verdad —dijo él cuando mi abogado salió unos minutos—. Solo necesitamos hacerlo ante los demás.

Me quedé en silencio.

Entonces Sebastián empezó a explicarme su extraordinario plan.

Nos divorciábamos.

Él se casaba públicamente con Camila.

Esperábamos un año.

Luego se divorciaba de ella.

Después volvía conmigo.

—Aunque tenga que casarme con Camila —dijo tomando mis manos—, tú siempre vas a ser mi verdadera esposa.

Me dieron ganas de reírme.

En lugar de hacerlo, bajé la mirada.

—Acepto.

Sebastián se quedó congelado.

—¿De verdad?

Asentí.

Me abrazó con tanta felicidad que incluso me levantó del suelo.

—Sabía que me amabas.

—Tengo una condición.

—La que quieras.

—Quiero el dinero líquido que esté legalmente a tu nombre y que corresponda al acuerdo patrimonial. Quiero que la división se haga ahora, antes de cualquier boda.

Frunció el ceño.

Dejé que mis ojos se humedecieran.

—Tengo miedo de que termines enamorándote de ella y yo me quede sin nada.

Su expresión se transformó inmediatamente.

Me acarició el rostro.

—Qué tonta eres. Camila nunca va a significar para mí lo que tú significas.

Firmó.

No entendió que yo no estaba comprando seguridad.

Estaba comprando libertad.

Durante las semanas siguientes mi equipo revisó cuentas, inversiones y propiedades.

No intenté quitarle nada que legalmente no me correspondiera.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Mi familia tenía dinero antes de conocer a Sebastián y seguiría teniéndolo después de él.

Lo importante era separar nuestros patrimonios antes de que los problemas empresariales que yo sospechaba terminaran por alcanzarlo.

El día que salimos del Registro Civil, Sebastián me pidió otra cosa.

—Camila quiere vivir en la casa.

Era la residencia donde habíamos pasado nuestros primeros años casados.

—Dice que le encantó cuando fue a desayunar.