Y ahora me estaba castigando porque, después de años, había vuelto a hablar con mi madre.
—Camila es temporal —continuó Sebastián—. Ya le prometí a Mariana que terminaré con ella.
Entonces vi a Camila.
Estaba escuchándolo detrás de la puerta.
Cuando se dio la vuelta, me encontró frente a ella.
—Ahora ya sabes tu lugar —le dije.
Su rostro cambió.
A la mañana siguiente mi investigador privado recibió instrucciones muy sencillas: observar, documentar y no intervenir.
No tuve que esperar demasiado.
Camila llamó a Sebastián treinta y nueve veces durante una noche.
Finalmente él contestó cuando íbamos de regreso a casa.
—Perdí mis llaves —sollozó ella—. Hay un hombre raro en el pasillo… tengo miedo.
Después gritó y colgó.
Sebastián ordenó al chofer regresar inmediatamente.
Yo me bajé del auto.
Media hora después recibí fotografías de ambos besándose en las escaleras del edificio.
Mandé imprimirlas.
Pero no las publiqué.
Las envié anónimamente a Camila.
Junto con fotografías antiguas que demostraban que la relación llevaba tres años.
Sabía exactamente lo que ella haría.
Camila era influencer.
Cientos de miles de personas seguían sus viajes, restaurantes, ropa y supuesta vida de lujo.
Esa misma noche publicó las imágenes.
“Después de tres años escondiéndonos, por fin podemos contar nuestra historia”.
El escándalo explotó.
Sebastián llegó furioso a nuestra casa.
Rompió macetas, lanzó objetos y tiró mi teléfono contra el piso.
—¡Tú publicaste esas fotos! ¡Quieres destruirme porque estás celosa!
Con la pierna adolorida por el golpe del teléfono, abrí la cuenta de Camila.
Había un video publicado minutos antes.
Sebastián dormía a su lado.
Él palideció.
—Mariana… yo no había visto eso.
Observó el desastre que acababa de provocar.
—Perdóname.
No respondí.
Porque mientras él se disculpaba, mi abogado ya llevaba varias horas preparando los documentos que Sebastián estaba seguro de que yo jamás tendría valor de firmar.
Y todavía faltaba contarle cuál sería mi condición para divorciarme.
PARTE 3
Cuando llegué a las oficinas corporativas del Grupo Alcázar acompañada por mi abogado, nadie me reconoció.
Eso me pareció casi divertido.
Sebastián y yo habíamos mantenido nuestro matrimonio lejos de los medios porque, años atrás, él decía que necesitaba construir una reputación propia y no quería que lo acusaran de haber escalado gracias a la familia Cárdenas.
En cambio, Camila era ahora prácticamente una celebridad dentro del edificio.
Varias empleadas la rodeaban preguntándole por vestidos de novia.
—Todavía no decidimos la fecha —respondía ella, fingiendo modestia.
Al verme, su sonrisa se tensó.
Yo continué caminando hacia la oficina de Sebastián.
Camila intentó seguirme, pero el asistente personal de mi esposo la detuvo.
—La reunión es privada.
—Pero yo…
—El señor Alcázar pidió expresamente que no entrara.
Luego agregó, intentando consolarla: