—¡Vuelva inmediatamente a su puesto! —gritó el coronel.
—Primero hay que ayudarlo.
Decenas de soldados escucharon aquellas palabras.
Para el coronel, aquella respuesta fue una humillación pública. Nadie se había atrevido jamás a desafiar su autoridad delante de toda la unidad.
Días después decidió darle una lección.
Ordenó reunir nuevamente a todos los soldados en el patio de instrucción y, cuando estuvieron formados, llamó a Ana al frente.
La joven avanzó con serenidad. Su larga trenza oscura casi le llegaba a la cintura. Todos sabían lo importante que era para ella cuidar su cabello.
Entonces el coronel sacó unas grandes tijeras.
Un murmullo nervioso recorrió las filas. Algunos comprendieron de inmediato lo que estaba a punto de suceder.
Ana permaneció inmóvil.
El coronel sujetó su trenza y dijo con voz firme, para que todos lo escucharan:
—Así aprenderás a no desafiar a quienes están por encima de ti.
Un instante después, las tijeras cerraron sus hojas.
La pesada trenza cayó al suelo.
Un silencio profundo envolvió todo el patio.
El coronel observó fijamente a la joven.
Esperaba verla llorar.
Esperaba verla derrumbarse.
Esperaba que suplicara perdón.
Pero nada de eso ocurrió.
Ana ni siquiera se movió.
Su rostro permaneció sereno.
Siguió mirando al frente, como si nada hubiera pasado.
Aquella calma inesperada enfureció todavía más al coronel.
Dio un paso hacia ella.
—¿De verdad crees que eres alguien especial?
La joven no respondió.