Yo volví antes y encontré cerrada con llave la habitación intacta de mi esposa fallecida. Dentro, la empleada nueva dormía en su cama mientras mis gemelos de 5 años se aferraban a ella. Escuché a mi cuñada decir: “No deberían encariñarse con alguien que se irá mañana”. No grité, silencié mi móvil y me quedé, hasta que vi el zapato escondido bajo la cómoda.

Álvaro permaneció de pie.

—Papá —dijo Leo—, ¿te vas a sentar?

Él se sentó.

Durante los primeros minutos nadie habló.

Después Hugo recordó cómo Elena cortaba sus bocadillos en triángulos.

Leo contó que su madre cantaba fatal una canción infantil a propósito para hacerles reír.

Álvaro se rio.

Los niños se miraron sorprendidos.

Hacía meses que una historia sobre Elena no terminaba en silencio.

Después llegaron las preguntas difíciles.

—¿Mamá sabía que nosotros estábamos bien?

Álvaro tragó saliva.

—No lo sé.

—¿Tuvo miedo?

—No lo sé.

—¿Tú piensas en ella?

Álvaro podría haber buscado una frase bonita.

Durante meses había inventado respuestas tranquilizadoras porque pensaba que los padres debían tener respuestas para todo.

Esta vez fue sincero.

—Todos los días.

Leo frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué trabajas tanto?

Álvaro miró hacia la ventana.

—Porque cuando trabajo no tengo que pensar demasiado.

—¿Te escondes?

La pregunta llegó sin maldad.

Precisamente por eso fue imposible esquivarla.

—A veces sí.

Leo reflexionó.

—¿Puedes esconderte menos?

Álvaro sintió los ojos húmedos.

—Puedo intentarlo.

No prometió abandonar la empresa.

No prometió estar disponible cada minuto.

No prometió algo imposible solo para calmar a sus hijos durante una noche.

Prometió intentarlo.

Y comenzó al día siguiente.

Serrano Innovación continuaba teniendo reuniones, problemas, contratos, viajes y decisiones urgentes.

Pero Álvaro dejó de aceptar que todo fuera urgente.