—Estaré abajo. Y mañana, cuando empiece mi horario, volveré.
—¿De verdad?
—De verdad.
Leo la observó varios segundos antes de soltar la tela.
Álvaro entendió entonces algo que llevaba meses interpretando mal.
Sus hijos no buscaban reemplazar a Elena.
No querían una nueva madre.
Querían comprobar si alguien podía marcharse de una habitación sin desaparecer para siempre.
Las anteriores cuidadoras habían interpretado muchas de sus reacciones como caprichos.
Álvaro también.
Leo había tirado una lámpara al suelo.
Había cerrado una vez la despensa desde dentro.
Había rechazado comidas y provocado discusiones justamente cuando empezaba a coger cariño a alguien.
Álvaro siempre preguntaba:
¿Cómo conseguir que deje de hacerlo?
Aquella noche formuló por primera vez una pregunta distinta.
—Leo, ¿por qué tiraste aquella lámpara?
El niño se encogió.
—Porque Marta dijo que ya éramos mayores para seguir hablando de mamá.
Álvaro sintió rabia, aunque intentó no mostrarla.
—¿Y querías que se marchara?
Leo asintió.
—Antes de que nos obligara a olvidarla.
Aquello no justificaba romper cosas.
Pero explicaba el miedo que había detrás.
Álvaro se arrodilló frente a los gemelos.
—Escuchadme. No podéis romper objetos cuando alguien os enfada.
Leo bajó la cabeza.
—Pero tampoco tenéis que olvidar a vuestra madre.
El niño levantó lentamente los ojos.
Hugo hizo lo mismo.
—Podéis hablar de ella —continuó Álvaro—. Podéis echarla de menos. Podéis enfadaros. Podéis llorar.
Hugo preguntó:
—¿Aunque tú estés aquí?
La pregunta dolió más de lo que Álvaro esperaba.
—Sobre todo si estoy aquí.
Aquella noche, él mismo acompañó a los niños hasta sus habitaciones.
Pero Leo se detuvo delante de la puerta de Elena.
—¿Podemos dormir allí?
La primera respuesta que apareció en la cabeza de Álvaro fue un no rotundo.
Durante 14 meses había protegido aquel dormitorio como si conservar cada objeto pudiera impedir que Elena desapareciera por completo.
El perfume seguía sobre la cómoda.
Había libros en la mesilla.
Varias prendas permanecían dentro del armario.
La cama se limpiaba, se ordenaba y volvía a quedar vacía.
Para Álvaro, aquel cuarto era un lugar donde Elena todavía parecía existir.
Para sus hijos, era un lugar al que su propio padre tenía miedo de entrar.
Recordó las palabras de Hugo.
Tú nunca vas.
Respiró profundamente.
—Podemos entrar. Pero juntos.
Leo le tomó la mano.
Fue un gesto pequeño, pero Álvaro lo sintió como si le hubieran concedido algo que llevaba meses intentando comprar sin comprender que no tenía precio.
Los 3 entraron.
La cama estaba todavía revuelta por la siesta.
Debajo de la cómoda apareció uno de los zapatos de Clara.
Hugo señaló.
—Se le ha olvidado.
Álvaro sonrió.
En otro momento, aquella desorganización le habría molestado.
Esa noche consiguió que el dormitorio dejara de parecer un museo.
Leo subió a la cama.
Hugo se colocó a su lado.