Mateo levantó la vista.
—Los adultos dicen eso.
—Entonces no tienes que creerme todavía.
La respuesta sorprendió al niño.
Álvaro añadió:
—Puedes comprobarlo.
Durante los meses siguientes, Mateo comprobó muchas cosas.
Comprobó que Álvaro llamaba.
Que llegaba cuando prometía.
Que no aparecía sin avisar.
Que nunca intentaba llevarse a los 4 sin hablar primero con Lucía.
Que no discutía sobre dinero delante de ellos.
Y, poco a poco, dejó de observar el reloj cada vez que Álvaro estaba cerca.
Hugo recuperó el coche sin rueda.
Álvaro compró piezas sencillas y ambos desmontaron el eje en la mesa de la cocina.
Cuando terminaron, Hugo empujó el vehículo por el suelo.
Avanzó recto.
El niño sonrió.
—Ya no se va hacia un lado.
Álvaro tragó saliva.
—No.
—¿Lo hemos arreglado?
—Entre los 2.
La empresa resultó mucho más complicada de reparar.
El Grupo Valdés redujo su inversión de 180 millones de € a 65 millones.
2 proyectos tuvieron que aplazarse.
Álvaro vendió una participación que su familia llevaba años negándose a tocar y renegoció varias líneas de crédito.
Durante semanas, Mercedes insistió en que su hijo estaba destruyendo el legado de su padre.
Pero la compañía no desapareció.
Creció menos.
Ganó menos.
Tuvo que cambiar.
Y Álvaro descubrió algo incómodo.
El matrimonio con Claudia nunca había sido la única salida.
Solo había sido la más cómoda para quienes no querían asumir ningún sacrificio financiero.
Mercedes perdió su puesto informal como consejera personal de su hijo.
Álvaro tampoco inició una guerra pública contra ella.
No quería que sus hijos crecieran leyendo titulares sobre una batalla entre los Serrano.
Pero estableció límites.
Mercedes no podría acercarse a los niños sin autorización de Lucía y de él.
Durante varios meses, ella no apareció.
Quizá esperaba que Álvaro cediera.
No ocurrió.
Un día envió 4 regalos carísimos por mensajería.
Álvaro los devolvió.
En la caja añadió una nota:
«Una relación no empieza con regalos. Empieza diciendo la verdad».
Lucía se enteró después.
—Pensé que te quedarías con ellos.
—¿Por qué?
—Porque son cosas caras.
Álvaro sonrió.
—Tú devolviste 30.000 €. Supongo que he aprendido de alguien.
Lucía intentó contener una sonrisa.
No lo consiguió completamente.
Su relación tampoco volvió mágicamente a ser la de 6 años atrás.
A veces discutían.
Lucía acumulaba heridas que una prueba genética no podía borrar.
Álvaro sentía rabia cada vez que descubría algo que nunca había sabido.
La primera vez que Daniel le llamó «papá» fue por accidente.
Estaban en un parque del Retiro.
Daniel corrió detrás de una pelota y gritó:
—¡Papá, mira!
Se quedó quieto inmediatamente.
Álvaro también.
Daniel parecía avergonzado.
Álvaro no hizo ningún espectáculo.