—¿Con qué?
Mi padre miró hacia Federico.
—Dijo que si hablábamos contigo, nos sacarían de la casa y no volveríamos a ver a nuestros nietos.
El silencio fue absoluto.
Entonces comprendí algo.
Mis padres no habían permitido que los humillaran porque fueran débiles.
Lo habían soportado porque estaban intentando protegerme.
Me acerqué a ellos y los abracé.
Lloramos los tres.
Pero cuando levanté la cabeza, ya no estaba llorando.
Miré a Federico.
Luego a Mónica.
Y finalmente a doña Estela.
—Mañana a primera hora voy a revisar todos los documentos de esta propiedad.
Mónica se burló.
—¿Y qué vas a encontrar?
Sonreí por primera vez.
—La razón por la que ustedes tres van a tener que devolver hasta el último peso.
A la mañana siguiente fui al registro de la propiedad.
Y allí descubrí algo que ninguno de ellos sabía.
El terreno nunca había estado legalmente a nombre de mis padres.
Yo había cometido un error al principio, pero años atrás había tomado una precaución que ahora podía salvarlo todo.
La propiedad seguía registrada a mi nombre.
Y el supuesto comprador…
era una empresa fantasma relacionada con doña Estela.
Entonces entendí que aquello no era solamente una familia abusando de mis padres.
Era un fraude.
Y esta vez no pensaba resolverlo con gritos.
Pensaba llevar las pruebas a un abogado.
Porque si ellos habían convertido mi casa en un lugar de humillación, yo iba a convertir sus propias mentiras en la prueba que los llevaría ante la justicia.