—Papá, ¿mi regalo?
Álvaro recordó la maleta.
Bajó a buscarla, la abrió en el pasillo y sacó el pequeño balón que había comprado en Berlín.
Leo lo abrazó contra el pecho.
—¿Es mío de verdad?
Álvaro sintió un nudo en la garganta.
—Sí. De verdad.
—¿Y puedo dejarlo en mi cuarto?
—Puedes dejarlo donde quieras.
Esa noche Clara preparó una tortilla sencilla y una ensalada. No hubo cordero, copas caras ni vajilla especial.
Leo arrastró su propia silla hasta la mesa.
Durante un instante se quedó quieto.
Álvaro pensó que volvería a mirar a su madre buscando permiso.
No lo hizo.
Se sentó, colocó el balón junto a sus pies y empezó a comer.
Clara ocupó la silla a su lado.
La cabecera donde Joaquín se había sentado la noche anterior quedó vacía.
Nadie intentó ocuparla.
Álvaro comprendió que aquella casa no necesitaba recuperar una antigua idea de familia. Necesitaba que Clara pudiera coger sus llaves sin miedo y que Leo supiera que no tenía que ganarse un plato caliente.
En el aparador, la carpeta azul seguía cerrada.
Dentro estaba el poder que jamás llegó a firmarse.
Y en la página 3, subrayada por Teresa, permanecía la cláusula 7.
Joaquín había creído que aquella cláusula era la trampa que arruinaría su plan.
Pero la verdadera trampa había sido otra: durante 11 días, los 3 habían hablado y actuado convencidos de que Clara y Leo no tenían voz.
Cuando Álvaro abrió la puerta 2 días antes de lo previsto, lo único que hizo fue devolverles el derecho a usarla.