La llegada de mi mamá destruyó la última excusa.
Sofía continuó revisando las pruebas. Había mensajes de Javier a Fernanda prometiéndole mudarse con ella cuando lograra “poner la casa a su nombre”. También había audios de Rebeca aconsejándole provocar discusiones para presentarme como inestable y después solicitar la custodia de Emiliano. Su plan era usar a mi hijo para obtener una pensión elevada.
—No puedes probar que esa voz sea mía —dijo Rebeca.
El notario levantó la vista.
—Los mensajes fueron extraídos con cadena de custodia de un teléfono empresarial propiedad del Grupo Salgado. Un peritaje determinará su autenticidad.
Rebeca dejó de hablar.
Habían utilizado recursos de mi compañía y cargado consumos personales como reuniones comerciales. La auditoría superaba los seiscientos mil pesos y podía convertirse en una demanda.
Javier intentó acercarse.
—Mariana, piensa en nuestro hijo.
—Pensé en él cada vez que soporté tus humillaciones. Tú pensaste en él cuando lo dejaste llorar para seguir jugando.
—Puedo cambiar.
—Quieres cambiar porque descubriste que la dueña de la vida que presumías era yo.
Sofía dejó tres opciones: devolver los bienes y reconocer la deuda; enfrentar la auditoría en tribunales; o seguir amenazándome y sumar una denuncia por acoso.
Javier no firmó ese día. Su orgullo todavía necesitaba caer más.
Entonces Rebeca decidió convertir la privada en un escenario. Se sentó afuera de mi portón y comenzó a gritar que yo quería matar de hambre a una anciana. Algunos vecinos salieron a mirar. Ella lloraba, se golpeaba el pecho y decía que me había recibido “como a una hija”.
Abrí las bocinas exteriores, pero no para insultarla.
Reproduje el audio del día en que ordenó a mi madre cocinar mientras estaba enferma. Después puse el mensaje donde decía: “Cuando Javier se quede con el niño, Mariana tendrá que mantenernos a todos”.
El silencio de la calle fue brutal.
Una vecina que varias veces había escuchado a Rebeca presumir que la casa y el automóvil pertenecían a su hijo cruzó los brazos.
—Doña Rebeca, ¿entonces todo lo pagaba su nuera?
Ella se levantó de inmediato y regresó a la casa sin responder.
Esa tarde la historia recorrió los chats de la privada. No porque yo la publicara, sino porque durante años Rebeca había construido su prestigio sobre una mentira y bastó una grabación para derrumbarlo.
Al día siguiente llegó una grúa por el Mercedes. El encargado mostró la factura a nombre del Grupo Salgado y Javier tuvo que apartarse mientras el automóvil con el que aparentaba éxito desaparecía por la avenida.
Sin coche, tarjetas ni teléfono corporativo, buscó a Fernanda. Ella aceptó verlo en una cafetería. Yo supe lo ocurrido porque Javier intentó pagar con otra tarjeta de la empresa y el sistema envió una alerta.
Fernanda llegó creyendo que recibiría las llaves de la mansión. Cuando descubrió que Javier no era dueño ni del coche, lo llamó mentiroso y lo bloqueó.
Aquella noche escuché a Rebeca gritarle desde la casa de enfrente. No lo reprendía por haber destruido su matrimonio. Lo llamaba tonto por gastar en una amante el dinero que debía guardar para ella. Esa discusión fue el retrato perfecto de su familia: mientras existían comodidades, se defendían; cuando desapareció el dinero, comenzaron a devorarse entre ellos.
Pocos días después, Javier perdió su empleo: había presentado el Mercedes como activo propio y varias facturas no correspondían a viajes laborales. Yo solo entregué los documentos que su empresa solicitó.
Sin ingresos, por fin buscó a Sofía.
Firmó un convenio provisional: abandonaría la casa, no se acercaría a la residencia sin autorización y entregaría dispositivos, tarjetas y artículos de la empresa. A cambio, la reclamación civil quedaría suspendida mientras se resolvía el divorcio. La deuda personal, incluyendo regalos y renta del departamento de Fernanda, seguiría siendo suya.
Rebeca se negó a salir.
—Esta es la casa de mi hijo.