CINCO HIJAS, UNA MADRE Y UNA PROMESA: “MIENTRAS ESTEMOS JUNTAS, SIEMPRE TENDREMOS UN HOGAR”

“¿Dónde estás?”

Y eso era exactamente lo que Anaya había querido enseñarles desde pequeñas.

Un día, las cinco volvieron a reunirse.

Esta vez querían sorprender a su madre.

Prepararon comida.

Limpiaron la casa.

Decoraron una pequeña habitación.

Y colocaron sobre una mesa la fotografía que se habían tomado años atrás.

Cuando Anaya la vio, sonrió.

—¿Todavía tienen esa foto?

—Claro —respondió Asha.

—Miren cómo han crecido.

Una de sus hijas tomó su mano.

—Tú también.

Anaya se rio.

—Yo ya estoy vieja.

—No.

—¿No?

—Ahora eres nuestra niña.

Las cinco comenzaron a reír.

Anaya las miró.

Y por un momento recordó aquellos días en los que tenía miedo de no poder darles suficiente.

Pensó en las veces que había mirado su pequeña casa y se había preguntado si sus hijas tendrían una vida mejor.

Y finalmente comprendió algo.Tal vez nunca les había dado todo lo que quería.

Pero les había dado algo que ningún dinero podía comprar.

Les había enseñado a permanecer juntas.

Y eso había viajado con ellas durante toda su vida.

Anaya abrazó a sus cinco hijas.

—¿Saben cuál fue mi mayor miedo cuando eran pequeñas?

—¿Cuál?

—Que un día crecieran y dejaran de necesitarse.

Las cinco se miraron.

Mira respondió:

—Eso nunca va a pasar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tú nos enseñaste que una familia no es alguien a quien buscas solamente cuando tienes problemas.

Hizo una pausa.

—Es alguien a quien recuerdas incluso cuando todo va bien.

Anaya cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

Pero esta vez no era una lágrima de tristeza.

Era de gratitud.

Porque aquellas cinco niñas que un día corrían alrededor de ella ahora eran mujeres capaces de sostenerse unas a otras.

Y entonces Anaya entendió que había ganado la mayor riqueza que una madre podía desear.

No una casa enorme.

No una cuenta bancaria llena.

No una vida sin dificultades.

Había ganado algo mucho más difícil de construir:

una familia unida.

Una familia que sabía que los problemas podían aparecer.

Que las circunstancias podían cambiar.

Que la vida podía llevarlas por caminos diferentes.

Pero que siempre existiría un lugar al que podían regresar.

El lugar donde todo había comenzado.

El hogar.