—No tienes ningún problema de fertilidad. Hice una prueba de ADN hace 3 meses, después de recibir tu invitación para la fiesta de aniversario de tus padres. No fui porque todavía no sabía cómo hablar con los niños.
Dejó 4 resultados sobre la mesa.
La probabilidad de paternidad era de 99.99%.
Daniel se dejó caer en una silla.
Durante 8 años había culpado a Mariana por no darle la familia que deseaba. Mientras tanto, sus 4 hijos crecían preguntando por él.
—Quiero hablar con ellos —dijo.
—No todavía.
—Soy su padre.
—Biológicamente, sí. Pero para ellos eres un desconocido.
La frase lo golpeó con más fuerza que cualquier insulto.
Desde la sala llegó la risa de los niños. Estaban jugando con Clara, ajenos a que su historia familiar acababa de derrumbarse.
Daniel intentó acercarse, pero Mariana le bloqueó el paso.
—No vas a entrar y decirles que eres su papá como si hubieras llegado tarde a una posada. Ellos necesitan tiempo, terapia y seguridad.
—Yo no sabía que existían.
—No lo sabías porque preferiste creer mentiras antes que escucharme.
Daniel abrió la boca, aunque no encontró cómo defenderse.
Era verdad que Beatriz lo había manipulado, pero él había aceptado todo con demasiada facilidad. No había buscado una segunda opinión médica. Tampoco enfrentó a Mariana cara a cara.
Le bastó sentirse traicionado para desaparecer.
Uno de sus tíos golpeó la mesa.
—Beatriz, lo que hiciste es una barbaridad. Separaste a 4 niños de su padre por dinero y clasismo.
—¡Yo mantuve unida esta familia! —respondió ella—. Mariana no pertenecía a nuestro mundo.
En ese momento, Emilia apareció en la puerta.
—¿Qué tiene de malo el mundo de mi mamá?
Nadie se había dado cuenta de que la niña estaba escuchando.
Mariana corrió hacia ella, pero Emilia mantuvo los ojos fijos en Beatriz.
—Mi mamá trabaja mucho, ayuda a la gente y nunca habla mal de ustedes. ¿Por qué ustedes sí hablan mal de ella?
Beatriz no pudo responder.
Detrás de Emilia aparecieron sus hermanos.
Sebastián miró a Daniel.
—¿Tú sabías de nosotros?
Daniel se arrodilló para quedar a su altura.
—No, campeón. Pero debí haberlos buscado. Debí escuchar a su mamá.
—Entonces sí eres nuestro papá —dijo Nicolás.
Daniel comenzó a llorar.
—Sí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y por qué tienes otra familia?
Renata intervino antes de que Daniel contestara.
—Porque los adultos también se equivocan, y a veces las mentiras hacen un desastre enorme.
Luego se dirigió a Mariana.
—No sabía nada. Te juro que Daniel me contó una historia completamente distinta.
Mariana le creyó.