Alejandro no durmió ni un minuto.
Permaneció sentado junto a la cama observando a Elena respirar con dificultad, mientras cada moretón que había visto se repetía una y otra vez en su mente.
Durante años había sobrevivido a situaciones límite, pero nunca imaginó que el mayor enemigo lo encontraría al regresar a su propia casa.
Al amanecer, Elena abrió los ojos y se sobresaltó al verlo.
—¿No has dormido?
Él negó con la cabeza.
—Necesito que me cuentes toda la verdad. No importa lo dolorosa que sea. Te prometo que esta vez nadie volverá a hacerte daño.
Ella permaneció en silencio durante unos segundos.
Después comenzó a hablar.
Todo había empezado apenas dos semanas después de que Alejandro partiera al extranjero.
Doña Victoria apareció en la casa con una copia de las llaves.
Al principio decía que solo quería ayudar.
Cocinaba.
Ordenaba.
Respondía las llamadas.
Pero poco a poco empezó a controlar cada aspecto de la vida de Elena.
—Me decía que una esposa de militar debía obedecer a la familia de su marido —susurró Elena—. Que tú nunca me creerías si intentaba quejarme.
Luego apareció Ricardo.