Cada semana llegaba con documentos nuevos.
—Solo son papeles para facilitar los impuestos.
—Solo es un poder temporal mientras Alejandro está fuera.
—Solo firma aquí.
Cuando Elena se negó, comenzaron las amenazas.
Le dijeron que Alejandro había firmado un documento autorizándolos a administrar todos sus bienes.
Le aseguraron que, si ella no colaboraba, harían creer al ejército que Alejandro había cometido irregularidades financieras y perdería su carrera.
Ella resistió durante semanas.
Hasta que una noche Ricardo perdió el control.
La empujó contra la pared.
Doña Victoria observó toda la escena sin mover un dedo.
—Firma de una vez —le dijo con absoluta frialdad—. Si de verdad amas a mi hijo, sacrifícate por él.
Las lágrimas corrían por el rostro de Elena mientras estampaba su firma.
Pero aquello no fue suficiente.
Le quitaron las tarjetas bancarias.
Vendieron el negocio.
Vaciaran las cuentas de inversión.
Incluso hipotecaron la casa utilizando documentos falsificados con la firma de Alejandro.
Cuando terminaron de quedarse con todo, comenzaron los golpes cada vez que Elena preguntaba cuándo devolverían las propiedades.
Alejandro apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
—¿Por qué no llamaste a la policía?
Elena sonrió con tristeza.
—Porque cada vez que lo intentaba, tu madre me enseñaba una carta.
Sacó un sobre arrugado del fondo del armario.
Alejandro lo abrió.
Era una carta falsa con el membrete del ejército.
Decía que él había muerto durante una operación.
Más abajo había otra hoja.
Un supuesto testamento donde Alejandro dejaba todos sus bienes a Doña Victoria y a Ricardo.
Las firmas eran casi perfectas.
Pero no eran suyas.
—Querían convencerme de que ya no volverías jamás —dijo Elena entre lágrimas—. Cuando descubrí que era mentira, ya era demasiado tarde. Habían vendido casi todo.
Alejandro sintió que la rabia le recorría el cuerpo.
No era solo una estafa.
Habían falsificado documentos oficiales.
Habían cometido fraude.
Violencia doméstica.