—¿Qué haces?
—Pensando en lo que haría si lo tuviera enfrente.
Se acercó y me quitó el bate con calma.
—Eso no es proteger a Sofía.
—Entró a su cuarto mientras yo estaba al otro lado del pasillo.
—Y tú lo descubriste.
—Demasiado tarde.
—No. Demasiado tarde habría sido no creerle a tu miedo.
Me senté en el piso y lloré. Lloré por Sofía, por la culpa, por la vergüenza de no haber visto la cámara y por la rabia de sentirme vulnerable después de pasar tantos años organizando rutas, equipos y contingencias para que nada saliera mal.
Verónica se sentó a mi lado.
—Ser buena madre no significa adivinar todos los peligros —dijo—. Significa actuar cuando aparecen.
Dos días después, Ana me llamó.
—Tenemos un plan.
La reunión fue en una oficina de la procuraduría estatal. Había detectives, agentes encubiertos y una analista de conducta. Sobre la mesa extendieron fotos de mi calle.
Kevin estudiaba rutinas. Cuando una familia se mudaba o reforzaba demasiado la seguridad, se alejaba. Pero cuando veía que todo volvía a la normalidad, regresaba para demostrar que seguía teniendo acceso.
La propuesta era hacerle creer que Sofía y yo habíamos vuelto.
Durante el día entraríamos cajas y los vecinos nos verían abrir ventanas. Por la noche, las luces seguirían nuestra rutina.
Sofía dormiría lejos, con mi hermana.
En la cuna habría un muñeco térmico cubierto con su cobija rosa.
Agentes vigilarían desde dos casas vecinas. Otros estarían ocultos en una camioneta sin logotipos. Dos detectives se esconderían dentro del clóset del cuarto.
—Yo me quedo en la casa —dije.
Ana negó de inmediato.
—No.
—Kevin sabe cómo camino, cuándo apago las luces y cuánto tarda mi sombra en pasar del pasillo a la cocina. Si no me ve, sospechará.
La analista me observó.
—Tiene razón.
Ana apretó la mandíbula.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Después de discutirlo, aceptaron con condiciones: no confrontarlo, no acercarme al cuarto, seguir cada instrucción y permanecer en la sala hasta que dieran la señal.
El viernes por la tarde, Verónica y yo descargamos cajas vacías frente a todos. La señora Ramírez salió a saludarnos. Un niño pasó en bicicleta. Julián llegó desde Monterrey y cargó una maleta para completar la escena.
Cuando entramos, cerré la puerta.
—Tenemos que hablar —le dije.
Se veía agotado.
—Lo sé.
—¿Por qué querías vender la casa tan rápido?
Julián se sentó a la mesa.
—Porque tenía miedo.
—Yo también.
—No así. —Se frotó la cara—. Cuando me dijiste que alguien había entrado, pensé en una persona.
—¿Kevin?
Negó.
—Rogelio.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Hace años, Rogelio me contó que había despedido a un empleado raro. Un tipo que copiaba llaves y se quedaba mirando fotos de familias en las casas donde trabajaban. Yo pensé que exageraba. Cuando mencionaste la grabación, recordé esa conversación.
—¿Y por qué preguntaste si le habías visto la cara?
Julián bajó la mirada.
—Porque si era ese hombre, quería saber si también me conocía a mí.
La respuesta no me tranquilizó.
—Debiste decírmelo.
—Sí.
—En vez de eso, me hiciste sentir que estaba imaginando cosas.
—Lo sé.