Julián podía tardar semanas en elegir una cafetera, pero de pronto quería deshacerse de nuestra casa en días. Su urgencia me pareció más inquietante que el miedo.
Regresé para recoger ropa de Sofía. Mientras sacaba álbumes del clóset, escuché un clic suave en el cuarto de la niña.
Venía de la rejilla de ventilación.
La retiré con un desarmador.
Dentro había una cámara diminuta, pegada con cinta industrial, todavía encendida.
La policía rastreó el número de serie hasta un instalador llamado Kevin Morales, electricista contratado durante la remodelación. Rogelio lo había despedido meses después por robo de herramientas.
Kevin tenía antecedentes extraños: entraba en casas habitadas, no robaba nada y se quedaba observando la vida de los dueños.
La tarjeta de memoria conservaba varios clips.
En uno, yo acostaba a Sofía y salía.
Treinta segundos después, Kevin entraba, se inclinaba sobre ella y sonreía directamente a la cámara.
La detective Ana Cortés cerró la computadora.
—No se fue de Hidalgo —dijo—. Está escondido y creemos que volverá.
—¿Cómo lo saben?
Ella colocó sobre la mesa un plano de mi casa.
—Porque hombres como él no regresan por objetos —respondió sin bajar la voz—. Regresan cuando sienten que están perdiendo el control.
PARTE 3
Durante los siguientes días, mi casa dejó de pertenecerme.
Entraban peritos y técnicos que desmontaban enchufes, revisaban plafones y abrían ductos. Cada hallazgo hacía el aire más pesado.
Kevin había colocado la cámara durante la remodelación, aprovechando que yo había viajado por trabajo y Rogelio confiaba en él.
Con la llave de obra había hecho una copia.
Después esperó.
No días.
Meses.
La detective Ana Cortés me mostró fotografías recuperadas de una bodega rentada a nombre falso. Había libretas con horarios, direcciones, dibujos de ventanas, croquis de patios y nombres de familias. Entre las hojas apareció nuestra casa.
“Madre sale 06:20”.
“Padre viaja con frecuencia”.
“Niña duerme 13:00 y 20:30”.
Sentí ganas de vomitar.
No era un impulso. Era un proyecto.
Lo peor llegó cuando los investigadores descubrieron tres viviendas más en Pachuca y Mineral de la Reforma con cámaras similares. En una vivía una viuda de 68 años. En otra, una pareja con dos hijos. En la tercera, un hombre que durante años había culpado a su madre enferma por mover objetos de lugar.
Kevin había entrado en todas.
A veces se sentaba en las cocinas.
A veces abría refrigeradores y volvía a dejar todo en su sitio.
A veces permanecía frente a las camas mientras las personas dormían.
No buscaba dinero.
Buscaba sentir que podía entrar en la vida de cualquiera sin ser visto.
Yo dormía en casa de Verónica, pero en realidad no dormía. Cada crujido del edificio me despertaba. Cada sonido del elevador me hacía mirar la pantalla del monitor de Sofía.
Una tarde regresé a la casa para acompañar a los peritos. Me quedé sola unos minutos en el cuarto vacío de mi hija. Sobre la cuna no había móvil, cobija ni peluches. Solo una etiqueta de evidencia pegada en la rejilla.
Encontré un bate de béisbol detrás de una caja y lo sostuve con ambas manos.
Verónica apareció en la puerta.