Cinco días después de mi cirugía de columna, mi esposo trajo a doce familiares a casa y me dijo que los atendiera durante dos semanas. Cuando sugerí posponer la visita, él dijo: «Nadie tiene que esperar solo por ti». Pero en cuanto llegaron…
Cuando Mauricio Alcántara entró en la recámara, encontró a su esposa intentando levantarse sin doblar la espalda. Renata apretaba los labios para no gemir. Apenas habían pasado 5 días desde que le practicaron una cirugía en la columna, y todavía llevaba un rígido corsé ortopédico alrededor de la cintura.
Mauricio se quedó junto a la puerta, mirando su teléfono.
—El sábado llega mi familia —anunció—. Seremos 12 personas y se quedarán aquí durante 2 semanas. Deja todo preparado.
Renata soltó una risa breve. Creyó que era una broma de mal gusto.
Pero Mauricio no sonreía.
—¿Hablas en serio?
—Ya compraron los boletos. Mis papás están emocionados. Mi hermano llevará a los muchachos y Claudia viene con el niño.
Renata miró la marca morada que la aguja del hospital había dejado en su mano.
—Mauricio, apenas puedo caminar hasta el baño. El doctor dijo que no debo levantar peso, permanecer de pie más de 15 minutos ni subir escaleras. ¿Podemos pedirles que vengan después?
Mauricio ni siquiera levantó la vista.
—Nadie va a cambiar sus planes. Tú siempre has podido con todo.
—Esta vez no puedo.
Él guardó el teléfono y la miró con una frialdad que Renata nunca había visto en sus 22 años de matrimonio.
—Entonces encuentra la manera.
Mauricio salió de la habitación sin cerrar la puerta.
Renata permaneció inmóvil, sintiendo que el dolor más fuerte ya no estaba en su columna.
Aquella noche no pudo dormir. Mientras Mauricio roncaba a su lado, recordó cada verano vivido en aquella casa de Coyoacán.
La madre de él, doña Elvira, llegaba criticando el polvo, las plantas, las sábanas y hasta la manera en que Renata cocinaba los frijoles. Don Rogelio, su suegro, exigía café recién hecho antes de las 7:00. El hermano de Mauricio, Esteban, se instalaba frente al televisor como si estuviera en un hotel. Sus hijos vaciaban el refrigerador en 2 días. Claudia, la hermana menor, llevaba a su pequeño y esperaba que Renata lo cuidara mientras ella salía de compras.
Renata preparaba habitaciones, inflaba colchones, lavaba montañas de toallas, compraba alimentos especiales, recogía a todos en la central de autobuses y organizaba paseos.
En las fotografías familiares siempre aparecía en una esquina, con el delantal puesto o sosteniendo una charola.
Nadie le preguntaba si estaba cansada.
Todos decían que la casa de Mauricio era perfecta para recibir a la familia.
Pero aquella casa nunca había sido de Mauricio.
Renata se levantó con dificultad y abrió el cajón donde guardaba documentos importantes. Entre recibos antiguos encontró una carpeta amarilla con el nombre de su padre.
La propiedad había sido comprada por sus padres en 1996. Allí había crecido ella. Después de la muerte de ambos, la casa quedó exclusivamente a su nombre.
Renata leyó la escritura 2 veces.