Propietaria única: Renata Morales de Alcántara.
Mauricio nunca se había interesado por ese detalle. Desde que se mudaron, comenzó a llamarla “nuestra casa” y, poco a poco, Renata permitió que la palabra “nuestra” significara que él decidía y ella obedecía.
A la mañana siguiente llamó a Adriana Velasco, la abogada que había llevado la sucesión de sus padres.
—Necesito saber si puedo impedir que varias personas se queden en mi propiedad —explicó Renata—. Incluso si mi esposo ya las invitó.
—¿La escritura sigue únicamente a tu nombre?
—Sí.
—Entonces tú decides quién entra y bajo qué condiciones. Pero, antes de hablar de leyes, dime algo: ¿por qué quieres impedirlo?
Renata le contó sobre la cirugía, las restricciones médicas y la respuesta de Mauricio.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
—Renata, poner límites no es ser cruel. Tu cuerpo está herido. Si nadie va a protegerte, tendrás que hacerlo tú.
Aquella frase le devolvió algo que Renata creía perdido.
No era valentía.
Era dignidad.
Durante los siguientes 3 días hizo varias llamadas. Contrató una empresa para reparar una filtración vieja del pasillo, pulir los pisos y pintar el interior. También programó una revisión del aire acondicionado, que llevaba meses haciendo un ruido extraño.
Las obras comenzarían el sábado y durarían 2 semanas. Por seguridad, el contrato prohibía que hubiera personas viviendo en la casa mientras se aplicaran barnices y pintura.
Renata también habló con su seguro médico. Su póliza cubría una estancia temporal en un departamento de recuperación con barras de apoyo, elevador y visitas de una enfermera.
El viernes empacó ropa, medicamentos, documentos y una fotografía de sus padres.
Dejó una nota sobre la mesa:
“Me trasladé a un alojamiento de recuperación por indicaciones médicas. La casa permanecerá cerrada durante las obras. Los contratistas tienen autorización para entrar. Por favor, no interfieran.”
Mauricio regresó tarde y no encontró a su esposa.
El sábado, a las 10:15, 3 camionetas se estacionaron frente a la propiedad.
Bajaron maletas, hieleras, almohadas, juguetes y bolsas de comida. Doña Elvira comenzó a repartir instrucciones antes de llegar a la puerta.
—La habitación de abajo es para nosotros. Rogelio no puede subir escaleras.
Mauricio caminó hacia la entrada, pero se detuvo.
Había un letrero pegado sobre la puerta:
“PROPIEDAD CERRADA POR REMODELACIÓN. PROHIBIDA LA OCUPACIÓN.”
Detrás de las ventanas se observaban plásticos cubriendo los muebles. Un trabajador lijaba el piso y otro retiraba una sección húmeda de la pared.
—¿Qué significa esto? —preguntó doña Elvira.
Mauricio llamó a Renata.
Ella dejó sonar el teléfono 4 veces. Contestó en el quinto intento.
—¿Qué hiciste? —gritó él.
—Seguí las indicaciones de mi médico.
—¡Mi familia está en la calle!
—Te pedí que pospusieras la visita.
—¡Los niños están cansados! ¡Mis padres viajaron 6 horas!
—Lo siento por ellos, pero no puedo atender a 12 personas después de una cirugía de columna.
—Esta también es mi casa.
Renata respiró lentamente.
—No, Mauricio. Es la casa que mis padres me heredaron. Está únicamente a mi nombre. Te permití convertirla en el hotel de tu familia durante 22 años, pero eso terminó.
Mauricio guardó silencio.
—¿Vas a dejarme en ridículo frente a todos?