Caminé directo al elevador ejecutivo. Al mismo tiempo, un correo interno salió desde Recursos Humanos a toda la compañía:
“Por faltas graves a la política laboral, agresión física, abuso de autoridad y conducta inapropiada dentro de las instalaciones, Valeria Ríos queda separada de su cargo con efecto inmediato.”
El edificio entero estalló en rumores.
Antes de que el elevador llegara al último piso, otro comunicado fue enviado únicamente a consejeros y directivos:
“Reunión extraordinaria del Consejo de Administración. Tema urgente: revisión de conducta, responsabilidad financiera e idoneidad del director general, Mauricio Salazar.”
Cuando las puertas del elevador se abrieron, Clara Medina ya me esperaba. Su rostro estaba serio, pero sus ojos tenían una determinación que me recordó a los viejos tiempos de mi padre.
—Roberto ya está adentro —me dijo—. Algunos consejeros llegaron molestos. Mauricio está intentando controlar la reunión.
—Que lo intente —respondí.
Avancé por el pasillo de mármol hasta las enormes puertas de madera de la sala de juntas. La asistente de Mauricio trató de detenerme.
—Disculpe, señora, esta es una reunión privada. No puede entrar personal no autorizado.
La miré sin levantar la voz.
—Entonces apártate, porque soy la persona más autorizada de este edificio.
Empujé las puertas.
Todas las conversaciones se detuvieron.
Mauricio estaba sentado en la cabecera de la mesa ovalada, con ojeras profundas y el rostro hinchado por una noche sin dormir. A su lado estaban varios ejecutivos que él había colocado durante años. También estaban los consejeros veteranos, hombres y mujeres que habían conocido a mi padre cuando Ápex era apenas una promesa.
Mauricio reaccionó de inmediato.
—¿Qué hace ella aquí? —gritó—. ¡Llamen a seguridad!
Caminé hasta el centro de la sala y coloqué una carpeta negra sobre la mesa. El golpe seco hizo que todos guardaran silencio.
—Mi nombre es Mariana Herrera —dije—. Hija de Ernesto Herrera, fundador de Ápex Innovación. Poseo el 51% de las acciones con derecho a voto. Soy la accionista mayoritaria de esta compañía. Y, aunque me avergüence decirlo hoy, también soy la esposa legal de Mauricio Salazar.
El silencio fue absoluto.
Don Arturo Beltrán, vicepresidente del Consejo y amigo íntimo de mi padre, se levantó lentamente. Ajustó sus lentes, me observó el rostro y sus ojos se humedecieron.
—Marianita… —susurró—. Tienes la mirada de tu padre.
Mauricio golpeó la mesa.
—Esto es una manipulación. Mariana no participa en operaciones. No entiende lo que está pasando.
—Tienes razón —respondí—. No participé en tus operaciones. Por eso aún existen pruebas.
Abrí la carpeta.
Roberto Alcázar comenzó a repartir copias: facturas, transferencias, contratos, correos, registros de pagos. Cada documento llevaba fecha, firma, monto y destinatario. Expliqué cómo Mauricio había cargado gastos personales a la empresa, cómo había usado fondos corporativos para mantener su relación con Valeria y cómo había transferido millones de pesos a empresas vinculadas con la familia de ella.
Uno de los consejeros revisó los papeles con la cara desencajada.
—Estas agencias no prestaron ningún servicio real —dijo—. Son cascarones.
—Exactamente —respondió Roberto—. Y el patrón de transferencias coincide con un esquema de desvío sistemático de activos.
Mauricio se puso de pie, sudando.
—¡Eso es falso! Son inversiones estratégicas. Mariana está usando problemas personales para atacarme. Está dolida porque nuestro matrimonio fracasó.
Yo no me alteré.
—Entonces escuchemos tu explicación en tu propia voz.
Conecté mi teléfono al proyector.
La pantalla blanca se iluminó. Apareció la oficina de Mauricio, grabada de noche. Él y Valeria estaban en el sofá. No había margen para malinterpretaciones. Primero se escucharon sus risas, luego la voz de Valeria pidiendo que me sacara de la casa. Después, la voz de Mauricio llenó la sala con una frialdad insoportable.