Me hice pasar por asistente para descubrir por qué mi esposo llegaba tarde, pero cuando bebí de su termo, su secretaria me golpeó y susurró: “No toques lo que es mío”; yo solo saqué el celular, grabé su error y preparé la carpeta negra que cambiaría toda la empresa.

Clara Medina me llevó a una oficina pequeña.

—Mariana, esto es peligroso —me dijo—. Mauricio controla a muchos directivos. Valeria tiene gente comprada. Si no tienes pruebas fuertes, te van a destruir.

Yo abrí mi bolso y saqué una memoria cifrada.

—Mi papá también sabía que algún día alguien intentaría robarle la empresa.

Antes de morir, mi padre me había dejado un acceso de administrador oculto, protegido fuera de los sistemas normales. Desde una computadora aislada, entré a los correos internos, facturas, autorizaciones de gastos y contratos firmados por Mauricio durante los últimos 3 años.

Lo que encontré me heló la sangre.

Suites en hoteles de Polanco registradas como “reuniones estratégicas”. Bolsas de diseñador cargadas a gastos de representación. Relojes, joyas, viajes a Cancún, todo pagado con dinero de Ápex.

Pero lo peor no era eso.

Millones de pesos habían sido transferidos a tres agencias de medios recién creadas. Revisé los registros públicos. Las empresas estaban a nombre de la madre y el hermano de Valeria.

No era solo infidelidad. Era saqueo.

Luego recordé otro secreto de mi padre: una cámara oculta en la lámpara del despacho principal, instalada años atrás por seguridad corporativa. Entré al servidor privado y encontré un video de madrugada.

Mauricio y Valeria aparecían abrazados en el sofá de la oficina. Él le explicaba cómo vaciaría Ápex después de recibir la inversión de Capital Norte, cómo dejaría la empresa endeudada y cómo me obligaría a firmar el divorcio sin un peso.

Guardé todo.

Esa noche, en un club privado de Polanco, me reuní con Roberto Alcázar, abogado de mi padre. Le entregué la memoria.

Cuando terminó de ver los videos, golpeó la mesa.

—Ese hombre no solo te traicionó. Traicionó a don Ernesto.

Acordamos convocar una junta extraordinaria al día siguiente.

Pero antes fui a la casa de Las Lomas.

Mauricio me esperaba con hielo para mi mejilla y una sonrisa falsa.

—Amor, todo fue un malentendido.

Yo dejé caer sobre la mesa varias fotografías del video.

—Mañana vas a entender lo que significa meterse con la hija de Ernesto Herrera.

Y por primera vez, vi verdadero miedo en sus ojos.

PARTE 3

A la mañana siguiente, no me vestí como la asistente tímida que todos habían visto en la cafetería. Me puse un traje rojo oscuro, tacones negros y recogí mi cabello con la misma elegancia que mi madre usaba cuando acompañaba a mi padre a cerrar contratos imposibles. Frente al espejo del hotel donde había pasado la noche, miré la marca tenue que aún quedaba en mi mejilla.

No la cubrí por completo.

Quería que todos la vieran.

A las 8 en punto, el coche se detuvo frente a la torre de Ápex Innovación en Santa Fe. El edificio brillaba bajo el sol de la mañana, con sus cristales azules reflejando la ciudad, como si nada hubiera pasado. Pero por dentro, la empresa estaba a punto de partirse en dos.

Entré por la puerta principal. La recepcionista me miró confundida. Era evidente que intentaba relacionar a la mujer del traje impecable con la asistente humillada del día anterior.

No dije nada.