PARTE 1
—¿De verdad tuviste el descaro de tomar del vaso de mi marido?
Eso me gritó Valeria Ríos, la secretaria de mi esposo, segundos antes de soltarme una bofetada delante de casi toda la empresa. Lo más absurdo era que ella no sabía quién era yo. Para todos en Ápex Innovación, yo era “Sofía Hernández”, una asistente administrativa recién contratada, vestida con blusa blanca sencilla, pantalón negro y el cabello recogido con una pinza barata.
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Pero mi nombre real era Mariana Herrera. Yo era la dueña mayoritaria de esa compañía.
Ápex Innovación no había nacido en una oficina elegante de Santa Fe. Mi padre, don Ernesto Herrera, la levantó desde un pequeño taller en Naucalpan, reparando tarjetas electrónicas, durmiendo sobre cajas de cartón y vendiendo hasta su coche para pagar la nómina. Cuando murió, me dejó el 51% de las acciones y una frase que nunca olvidé:
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—Una empresa no se pierde por falta de dinero, hija. Se pierde cuando confías en la persona equivocada.
Yo creí que Mauricio Salazar, mi esposo, era la persona correcta. Él era carismático, educado, ambicioso. Venía de una familia común de Guadalajara y parecía admirar todo lo que mi padre había construido. Me casé con él convencida de que juntos cuidaríamos ese legado.
Después de la boda, acepté quedarme en segundo plano. Mauricio asumió la dirección general, mientras yo conservaba el control legal. Él me decía que el mundo corporativo era demasiado sucio para alguien como yo, que prefería verme tranquila en nuestra casa de Las Lomas, organizando cenas, recibiendo invitados y esperándolo con comida caliente.
Durante 3 años lo hice.
Pero luego llegaron los viajes repentinos, las noches con olor a perfume ajeno, los mensajes borrados, las llamadas que contestaba lejos de mí. En la empresa, algunos empleados antiguos comenzaron a evitarme cuando iba a firmar documentos. Algo se estaba pudriendo y yo necesitaba verlo con mis propios ojos.
Con ayuda de Clara Medina, directora de Recursos Humanos y amiga fiel de mi padre, entré a mi propia empresa bajo identidad falsa.
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El primer día me pidieron llevar café a la oficina de Mauricio. Al acercarme a la puerta, escuché una risa femenina. Era Valeria.
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—Tu esposa debe estar feliz en su jaulita de oro —dijo ella—. Pobrecita, cree que sigue siendo importante porque heredó acciones. Pero la que realmente está contigo soy yo.
Esperé que Mauricio la detuviera.
No lo hizo.
—Mariana no entiende de negocios —respondió él—. Solo sabe poner mesas bonitas y sonreír en eventos. Aguanta un poco más. Cuando cierre la inversión con Capital Norte, todo quedará bajo mi control. Después la saco de la casa y tú ocupas el lugar que mereces.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
Entré fingiendo torpeza. Valeria me humilló por no tocar la puerta, criticó mi ropa y amenazó con reportarme. Entonces vi en su mano un anillo de diamante azul con una rosa de oro blanco alrededor. Era mi diseño. El boceto que yo había guardado en la caja fuerte de mi recámara para mandarlo hacer en nuestro aniversario.
Mauricio lo había robado para regalárselo a su amante.
Al mediodía, en la cafetería, vi sobre la mesa de Valeria el termo negro de Mauricio, con sus iniciales grabadas. Yo misma lo había encargado. Me acerqué, lo tomé y bebí.
Valeria se levantó furiosa, tiró mi bandeja al suelo y me abofeteó.
—¡Ese vaso es de mi marido!
La cafetería entera quedó en silencio.
Entonces Mauricio apareció corriendo. Al verme la mejilla marcada, se puso pálido como si hubiera visto un fantasma.
Y yo sonreí.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Valeria, cegada por su propia soberbia, no notó el terror en el rostro de Mauricio. Se colgó de su brazo como si fuera la dueña de todo.
—Despídela ahora mismo —exigió—. Esta empleaducha tocó tus cosas personales. ¡Quiero que seguridad la saque!
Mauricio abrió la boca, pero no pudo decir nada. Sus manos temblaban. Él sabía que la mujer a la que su amante acababa de golpear no era una asistente cualquiera. Era su esposa legal. Era la accionista mayoritaria. Era la verdadera dueña del edificio donde él jugaba a ser rey.
Valeria intentó acercarse otra vez para insultarme, pero Mauricio le sujetó la muñeca con fuerza.
—Ya basta —murmuró, con la voz rota.
Yo levanté la cabeza y hablé lo bastante fuerte para que todos escucharan.
—Valeria, cometiste un error. La esposa de Mauricio Salazar no eres tú. La única mujer cuyo nombre aparece en el acta de matrimonio soy yo.
Un murmullo explotó en la cafetería.
Valeria se quedó inmóvil. Los ejecutivos que antes la adulaban bajaron la mirada. La “futura señora Salazar”, como algunos la llamaban a escondidas, se convirtió en una intrusa ridícula delante de cientos de empleados.
Mauricio, desesperado, la arrastró hacia los elevadores. Yo no los seguí. Saqué mi celular del bolsillo y revisé la grabación que había activado minutos antes: los gritos, la charola rompiéndose, la bofetada, la frase “mi marido”. Todo estaba ahí.