Durante las siguientes horas preparé todo. No porque fuera valiente, sino porque el miedo me obligó a pensar. Copié los archivos que Mateo me había enviado, guardé una memoria dentro del forro de mi chamarra, programé un correo automático para enviarse en setenta y dos horas si yo no lo detenía, y mandé sobres sellados con documentos a tres direcciones: un periodista financiero, una fiscalía especializada y la oficina de don Ernesto.
A medianoche, por fin sonó mi celular.
Era Mateo.
—Mamá —dijo, casi sin voz—. Papá ya sabe.
Me levanté de golpe.
—¿Dónde estás?
—En un coche. Me quitó la laptop, pero no sabe de las copias.
—¿Te hizo algo?
—No. Todavía no.
Ese “todavía” me partió el pecho.
—Escúchame, Mateo. Si te pregunta, dile que no alcanzaste a mandar nada. Gana tiempo.
—Mamá, si no vuelvo a llamar…
—No digas eso.
—Te quiero —susurró.
La llamada se cortó.
Una hora después llegó otro mensaje, de un número desconocido:
“Si quiere ver a su hijo, venga sola. Tome un taxi. No avise a nadie.”
Abajo venía una ubicación: bodegas abandonadas por la zona de Vallejo.
Mandé la ubicación a don Ernesto con una sola palabra: “Ahora.”
Él respondió:
“Vaya. La seguimos a distancia. No improvise, pero tampoco se quiebre.”
Me cambié con manos firmes. Me puse jeans, blusa sencilla y una chamarra. Guardé la memoria en el forro interno. Antes de salir me miré al espejo. Ya no reconocí a la mujer que Ricardo había dejado llorando en un departamento húmedo. Esta era otra. Más cansada, sí. Más herida, también. Pero de pie.
Tomé un taxi en una avenida iluminada. El conductor no habló. Yo miré por la ventana la ciudad: puestos de tacos cerrando, gente caminando con prisa, parejas riéndose, camiones pasando como si el mundo no se estuviera acabando para mí.
Al llegar, pagué y bajé.
La bodega olía a polvo, aceite viejo y humedad. Una lámpara blanca parpadeaba en la entrada. Recibí otro mensaje:
“Entre. No mire atrás.”
Caminé.
Cada paso me pesaba como si llevara piedras en los zapatos. Pero cuando pensé en Mateo, en su abrazo en el aeropuerto, en su voz diciendo “espérame”, seguí.
La puerta metálica se abrió desde adentro.