Ricardo estaba sentado al centro, junto a una mesa. Ya no parecía el empresario perfecto de Santa Fe. Tenía la camisa arrugada, el rostro duro y los ojos hundidos.
—Llegaste —dijo.
—¿Dónde está mi hijo?
—Siempre tan dramática, Lucía.
—Tráelo.
Ricardo hizo una seña. Dos hombres sacaron a Mateo de una oficina trasera. Mi niño estaba pálido, con el cabello revuelto, pero caminaba por sí mismo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, movió apenas la cabeza. No debía revelar nada.
Tuve que contenerme para no correr hacia él.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, mamá.
Ricardo se levantó.
—Muy conmovedor. Ahora hablemos como adultos. Tu hijo se metió donde no debía. Tú también.
—Mi hijo descubrió lo que eres.
Su cara cambió.
—No sabes nada.
—Sé suficiente.
Ricardo golpeó la mesa con la palma.
—¡No entiendes! Todo lo hice por la familia. Por darle a Mateo una vida que tú jamás podrías darle.
Me reí, pero sin alegría.
—¿Una vida? Lo usaste como escudo. Lo pusiste frente a delincuentes. Lo obligaste a fingir que me odiaba para que tú pudieras seguir lavando dinero como si fueran contratos limpios.
Por primera vez, Ricardo no respondió de inmediato.
Mateo bajó la mirada. Entonces entendí todo por completo. Mi hijo me había humillado en el juzgado para que Ricardo confiara en él. Se había ido con su padre para quedarse cerca de las pruebas. Me dio la tarjeta no como regalo, sino como llave. Como aviso. Como último recurso.
—Dame los archivos —dijo Ricardo—. Y los dejo ir.
—No los traje.
Sus ojos se achicaron.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando. Ya fueron enviados.
El silencio cayó sobre la bodega.
Ricardo se acercó despacio.
—¿A quién?
—A las personas correctas. Y si Mateo o yo no salimos de aquí vivos, se envían más copias.
Su rostro perdió color.
—Tú no sabrías hacer eso.
—Yo no —respondí—. Pero tu hijo sí.
Mateo me miró con lágrimas contenidas. En sus ojos vi miedo, cansancio y una culpa que ningún niño debería cargar.
Ricardo volteó hacia él.
—¿Eso hiciste?
Mateo levantó la cara.
—Lo hice cuando descubrí que usabas empresas fantasma y cuentas a nombre de gente muerta. Lo hice cuando escuché que querías culpar a mamá si algo salía mal. Lo hice porque tú ya no eras mi papá. Eras el hombre del que tenía que protegernos.
Ricardo levantó la mano, furioso, pero se detuvo antes de tocarlo.
Ese segundo bastó para que yo me pusiera entre los dos.