PARTE 1
—¿Por qué come aquí solito si caben un montón de personas?
La pregunta de Valentina cayó en el comedor como una piedra sobre vidrio.
Don Rodrigo Santillán dejó inmóvil la cuchara a medio camino.
En aquella residencia de Lomas de Chapultepec nadie hablaba durante la cena.
Nadie jalaba una silla sin permiso.
Nadie cruzaba el comedor principal si el señor estaba sentado.
Y mucho menos una niña de 3 años, con el vestido manchado de cajeta, un moño torcido y una galleta mordida en la mano.
Pero Valentina ya había empujado una silla enorme sobre el piso de mármol, se había trepado como pudo y ahora estaba frente al hombre ciego, mirándolo con una seriedad que no combinaba con su vocecita.
En la entrada, Marisol, su mamá, sintió que se le congelaba la sangre.
—¡Valentina! Bájate de ahí, mi amor. Perdóneme, don Rodrigo, se me salió de la cocina. Yo estaba recogiendo los platos y no me di cuenta…
—Déjela —ordenó él.
El comedor entero se quedó mudo.
Don Rodrigo Santillán tenía 56 años, era dueño de una constructora enorme en Ciudad de México, Querétaro y Monterrey, y llevaba 7 años sin ver por un accidente en carretera.
Desde entonces cenaba solo.
Siempre en la misma silla.
Siempre con el plato alineado.
Siempre frente a una mesa para 16 personas que parecía más larga que triste.
Al fondo había una silla vacía.
La silla de Isabel.
Su esposa.
Nadie la tocaba.
Nadie la movía.
Nadie pronunciaba su nombre.
Todos sabían, o creían saber, que Isabel se había ido 8 meses después del accidente, cansada del carácter amargo de Rodrigo, de sus gritos y de esa casa que se volvió cárcel.
Rodrigo jamás volvió a buscarla.
Marisol llevaba apenas 1 mes trabajando de planta. Venía de Ecatepec, era madre soltera y algunos días tenía que llevar a Valentina porque no podía pagar guardería.
La niña preguntaba todo.
—¿Por qué el señor no ve?
—¿Por qué esta casa huele a iglesia vieja?
—¿Por qué todos hablan bajito, como si hubiera fantasmas?
Marisol siempre se ponía roja de vergüenza.
Pero esa noche, Valentina vio al millonario sentado solo, con copas brillantes, servilletas de tela y 15 sillas vacías.
Para ella, eso no era elegante.
Era raro.
—¿Nadie quiere sentarse con usted? —preguntó.
Rodrigo apretó los dedos sobre el mantel.
—La gente tiene cosas que hacer.
Valentina ladeó la cabeza.
—Mi mamá también tiene cosas que hacer y sí se sienta conmigo.
Marisol quiso desaparecer.
—Valentina, ya estuvo…
Pero Rodrigo levantó una mano.
—¿Cómo te llamas?
—Valentina Marisol, pero mi mamá me dice Vale cuando no está enojada.
El gesto duro de Rodrigo se aflojó apenas.
—¿Tienes hambre, Vale?
—Poquita. Pero si hay sopita, sí.
El mayordomo, Julián, miró a Marisol como pidiendo permiso.
Rodrigo habló más firme:
—Sirvan otro plato.
Esa noche, Valentina comió sopa de fideo en vajilla italiana.
Probó el pollo, hizo una mueca y dijo:
—Le falta sal, señor. Neta.
Un sonido extraño salió de la garganta de Rodrigo.
Era una risa.
Corta.
Rota.
Casi olvidada.
Julián bajó la mirada para que no se le notaran los ojos húmedos.
Nadie en esa casa lo había escuchado reír en 7 años.
Pero detrás de la puerta, Mauricio, el administrador de la mansión, observaba con la mandíbula tensa.
Cuando Marisol salió cargando a Valentina, él la alcanzó en el pasillo y le habló al oído:
—No te confundas, muchacha. Esa mesa no es para criadas ni para sus chamacas.
Marisol bajó la mirada, apretó a su hija contra el pecho y siguió caminando.
Pero Valentina volteó hacia Mauricio y, con la boca llena de galleta, soltó: