El inversionista que acababa de meter 40,000,000 de pesos en su nuevo desarrollo inmobiliario.
Y también era el hombre que Rodrigo presumía como “su hermano de la vida”.
Lourdes se llevó la mano al pecho.
—No puede ser.
Rodrigo soltó una risa seca.
Una risa fea.
De esas que salen cuando el orgullo no sabe dónde esconderse.
—Me dejaste destruir mi familia por un hijo de Damián.
Paola lloraba más fuerte.
—Yo pensé que era tuyo, neta. Yo quería que fuera tuyo.
—Querías mi apellido —dijo Rodrigo—. No mi hijo.
A las 3 de la tarde, el chisme ya estaba vivo.
Una enfermera escuchó.
Una recepcionista contó.
Un primo de Renata lo subió a un grupo.
A las 6, medio círculo social de Las Lomas ya sabía que el gran heredero Cárdenas podía ser hijo del socio.
A las 7:15, Rodrigo llegó al departamento de Polanco que había defendido en el divorcio como si fuera un trofeo.
Sobre la mesa del comedor había un sobre color marfil.
Sin logo.
Sin remitente.
Solo su nombre.
Lo abrió con rabia.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Después volvió a la primera, como si las letras pudieran cambiar por lástima.
No cambiaron.
El terreno donde estaba construido el edificio no pertenecía a la familia Cárdenas.
Tampoco a Rodrigo.
Pertenecía a Whitmore Holdings.
La empresa de la familia materna de Mariana.
El contrato original había sido firmado por el padre de Rodrigo hacía 30 años, con condiciones estrictas: no usar el inmueble como garantía sin autorización, no ocultar deudas, no transferir derechos y no generar daño reputacional al patrimonio Whitmore.
Rodrigo había roto todo.
Había hipotecado el edificio.
Había usado el estacionamiento como garantía.
Había registrado oficinas de su empresa en espacios no autorizados.
Y, peor todavía, había hecho movimientos con bienes maritales sin consentimiento de Mariana.
Al final del documento estaba la frase:
TERMINACIÓN INMEDIATA DE DERECHOS DE USO.
La firma era clara.
Mariana Whitmore.
No Cárdenas.
Whitmore.
Rodrigo sintió que el piso se le abría.
—No… —murmuró.
Lourdes, sentada en el sillón con los ojos hinchados, preguntó:
—¿Ahora qué pasó?
Él no contestó.