Marcó a Mariana una vez.
Luego otra.
Y otra.
Cuando el avión aterrizó en Madrid, Mariana encendió el celular y vio 42 llamadas perdidas.
No contestó.
Un chofer la esperaba con un letrero discreto:
SEÑORA MARIANA WHITMORE.
Ella corrigió suavemente:
—Solo Whitmore.
El hombre inclinó la cabeza.
—Por supuesto, señora.
La llevó a una casa antigua en el barrio de Salamanca, con balcones de hierro negro, bugambilias en macetas y habitaciones preparadas para los niños.
En los clósets ya estaban los uniformes de la nueva escuela.
En la cocina había flores frescas.
Sobre la mesa, un portafolio de cuero.
El abogado de su abuelo, don Esteban Molina, la esperaba con papeles ordenados.
—Su abuelo dejó instrucciones muy precisas —dijo—. Usted debía recibir esto solo después de firmar el divorcio y salir de México con sus hijos.
Mariana abrió el portafolio.
Había contratos.
Escrituras.
Auditorías.
Fotografías.
Y una carpeta azul.
Al verla, don Esteban se puso serio.
—Esa carpeta contiene algo más delicado que el departamento.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué es?
—La investigación de su madre sobre la familia Cárdenas.
Mariana se quedó inmóvil.
Su madre, Clara Whitmore, había muerto cuando ella tenía 12 años en un accidente de carretera rumbo a Cuernavaca.
Eso le habían dicho siempre.
Don Esteban abrió la carpeta.
Dentro había transferencias antiguas, firmas falsas, pagos triangulados y fotografías de Rodrigo joven junto a su padre y Damián Robles padre.
—Su madre descubrió que los Cárdenas usaban propiedades Whitmore para lavar dinero de socios externos —explicó el abogado—. Antes de entregar las pruebas, murió.
Mariana sintió que el aire se le cortaba.
—¿Está diciendo que no fue accidente?
Don Esteban no respondió de inmediato.
Eso fue peor.
—Estoy diciendo que su abuelo nunca lo creyó.
Esa noche, Rodrigo por fin logró que Mariana contestara.
Ella estaba de pie junto a una ventana, mirando la lluvia caer sobre Madrid.
—Mariana —dijo él, con la voz rota—. Recibí el aviso.
—Entonces ya sabes.
—No puedes hacerme esto.
Mariana cerró los ojos.
—Rodrigo, tú me quitaste mi casa frente a mis hijos. Me cambiaste por una mujer embarazada de otro. Dejaste que tu madre me llamara inútil. Dejaste que tu hermana se burlara de mis hijos. Yo no te estoy haciendo nada. Solo dejé de protegerte.
Él guardó silencio.