Luego pidió silencio.
El globo azul dejó de moverse.
Renata bajó el celular.
Rodrigo sintió un frío raro en la nuca.
El doctor apagó el sonido del monitor, miró a Paola, luego a Rodrigo, y dijo con una calma que destrozó toda la habitación:
—Señor Cárdenas… hay algo que usted necesita saber antes de hablar de herederos.
PARTE 2
Mientras el cuarto de ultrasonido se quedaba sin aire, Mariana cruzaba la sala de abordaje con sus 2 hijos tomados de la mano.
Sofía cargaba un conejo de peluche.
Emiliano no preguntaba mucho, pero apretaba fuerte los dedos de su mamá.
—¿Papá no viene? —susurró.
Mariana se agachó frente a él.
—No hoy, mi amor. Hoy nos toca ir a un lugar donde nadie nos haga sentir de más.
El niño asintió, aunque sus ojos se llenaron de dudas.
A las 11:20, el avión despegó rumbo a Madrid.
Mariana apagó el celular.
En la pantalla alcanzó a ver antes de desconectarlo: 17 llamadas perdidas de Rodrigo, 9 de Lourdes y 4 mensajes de Renata.
No abrió ninguno.
Por primera vez en años, el silencio no le dio miedo.
Le dio paz.
En la clínica, Rodrigo no tenía paz.
Tenía la cara blanca.
—Repita eso —ordenó, con la mandíbula tensa.
El doctor Esquivel respiró hondo.
—El estudio prenatal que solicitó la señorita Paola incluye marcadores genéticos. Con los antecedentes que ustedes entregaron, hay una incompatibilidad clara. Recomiendo una prueba de paternidad formal, pero médicamente hay una alta probabilidad de que usted no sea el padre.
El globo azul se escapó de la mano de Lourdes y golpeó el techo.
Paola empezó a llorar.
—Rodrigo, yo te puedo explicar…
Renata soltó un grito.
—¿Cómo que explicar? ¡Nos hiciste venir a celebrar un hijo que ni era de mi hermano!
Rodrigo no miraba a nadie.
Solo a Paola.
—¿Quién?
Ella se cubrió la cara.
—Fue una tontería.
—¿Quién? —repitió él, más bajo.
Paola tragó saliva.
—Damián Robles.
El nombre cayó como una pedrada.
Damián Robles no era cualquier hombre.
Era socio de Rodrigo.