PARTE 1
—¿Y Sofía? —pregunté apenas vi entrar a mi madre, todavía con arena pegada en las sandalias y una carcajada absurda en la boca.
Ella venía de la playa como si regresara de un domingo perfecto en Acapulco. Traía el sombrero ladeado, los lentes oscuros en la cabeza y una bolsa llena de toallas húmedas. Mi papá cargaba la hielera. Mi hermana Karla venía detrás, callada, con el celular apretado contra el pecho.
Pero mi hija no estaba.
Sofía tenía 6 años. Esa mañana había brincado sobre mi cama con su traje de baño morado, feliz porque su abuela le había prometido llevarla al mar. Me había dado un beso en la mejilla y me dijo:
—Regreso con conchitas, mamá.
Ahora no regresaba con nadie.
Mi madre soltó otra risa, más baja, como si yo estuviera exagerando por una servilleta perdida.
—Ay, Mariana, cálmate. Se me habrá olvidado cerca de las toallas.
Sentí que el aire se partía.
—¿Se te olvidó? —dije—. ¿Cómo que se te olvidó?
Mi papá dejó la hielera en la entrada sin mirarme. Karla bajó la vista. Mi madre levantó las manos, fastidiada.
—No hagas un drama. Seguro está con algún salvavidas. La niña siempre se distrae.
Tomé las llaves del coche con tanta fuerza que el metal me lastimó la palma.
—Es mi hija, no una chancla.
Mi madre puso los ojos en blanco.
—Siempre igual. Por eso nadie puede ayudarte con nada.
No respondí. Salí corriendo.
La carretera de regreso a la playa se me hizo eterna. El cielo ya estaba oscuro, lleno de nubes pesadas. Cuando llegué al estacionamiento, casi no quedaban coches. Las palapas estaban cerradas. El viento arrastraba vasos de plástico por la arena mojada.
Corrí descalza, gritando su nombre.
—¡Sofía! ¡Sofía!
Mi garganta ardía. Busqué junto a las sombrillas, en los baños, cerca de las rocas. Nadie la había visto. Un vendedor que guardaba su carrito me dijo que había oído llorar a una niña detrás del puesto de comida, pero pensó que sus papás estaban cerca.
La encontré ahí.
Detrás de un local cerrado, entre dos tambos de basura, mi hija estaba encogida, temblando, cubierta de arena y lágrimas.
Cuando me vio, no corrió hacia mí.
Se encogió.
Ese gesto me rompió algo por dentro.
—Mi amor… soy yo.
Sofía levantó la cara despacio. Tenía los labios morados de frío.
—Mamá —susurró—. La abuela dijo que no dijera nada.
Me arrodillé, la envolví con mi chamarra y entonces vi sus muñecas.
Marcas oscuras. Redondas. Demasiado parejas. Demasiado claras para ser una caída.
—¿Quién te hizo esto?
Sofía escondió las manos contra su pecho.
—Me agarraron fuerte.
—¿Quién, mi vida?
Ella miró hacia el camino de servicio, detrás de la playa.
—Un señor me llevó para allá. La tía Karla lo vio. El abuelo dijo que yo estaba arruinando todo.
Sentí náuseas.
—¿Qué señor?
Sofía tragó saliva.
—El de la foto del cajón de la abuela. El que tú dijiste que nunca podía acercarse a nosotras.
Se me heló la sangre.
Víctor Salgado.
El hermano de mi madre.
El hombre que, según mi familia, se había ido de Guerrero hacía años después de una investigación que desapareció sin explicación. El nombre que nadie decía en la mesa. El rostro que yo había visto una vez en una foto vieja, antes de que mi madre me la arrebatara de las manos.
Saqué el teléfono para llamar al 911.
Entonces unas luces iluminaron la arena.
La camioneta de mis padres entró despacio al estacionamiento vacío, como si me hubieran seguido.
Mi madre bajó primero.
Pero esta vez ya no se estaba riendo.
Caminó hacia mí con la cara dura, los ojos fijos en Sofía.
—Dame a la niña, Mariana.
Y por primera vez entendí que no la habían olvidado.
La habían entregado.
PARTE 2
—No te acerques —le dije, poniendo a Sofía detrás de mí.
Mi madre apretó la mandíbula.
—No sabes lo que estás haciendo.