—Sí sé. Estoy llamando a la policía.
Mi papá bajó de la camioneta y levantó las manos, como si quisiera calmar a todos.
—Mariana, piensa bien. Esto se puede arreglar en familia.
—Mi hija apareció con marcas en las muñecas. Esto ya no es familia.
Karla se quedó junto a la puerta del copiloto. No lloraba. No hablaba. Solo miraba el piso, como si la arena pudiera tragársela.
Cuando llegaron dos patrullas de la Guardia Nacional y policías municipales, mi madre cambió de cara con una rapidez que me dio asco. Se llevó una mano al pecho, empezó a llorar y se recargó en mi papá.
—Mi hija está muy alterada —dijo—. Siempre ha sido nerviosa. La niña se separó un momento y ella está inventando cosas horribles.
Uno de los oficiales, un hombre mayor de apellido Rivas, me miró primero a mí y luego a Sofía.
—¿La niña puede hablar?
—Sí, pero no frente a ellos.
Mi madre se indignó.
—Soy su abuela.
Sofía se aferró a mi blusa.
—No quiero ir con ella.
Ese silencio pesó más que cualquier grito.
El oficial Rivas pidió que mis padres se apartaran. Se agachó a varios pasos de Sofía, sin invadirla.
—Nadie te va a regañar, pequeña. Solo dinos quién te lastimó las manos.
Sofía respiró entrecortado.
—El tío Víctor.
Mi madre dejó de llorar durante medio segundo.
Karla cerró los ojos.
Mi papá murmuró:
—Es una niña. Se confunde.
Pero Sofía no se confundió.
Describió una camioneta blanca con una calcomanía de un pez en el vidrio. Describió una pulsera de cuero en la mano del hombre. Dijo que olía a cigarro y que la había llevado a una bodega cerca del camino, donde había cajas, una silla roja y una lámpara colgando.
También dijo algo que hizo que los policías se miraran entre ellos.
—Mi abuela dijo que los errores de los adultos cuestan dinero.
Nos llevaron al hospital general de Acapulco. Una doctora revisó a Sofía, tomó fotografías de sus lesiones y pidió que entrara una psicóloga infantil. Yo quería gritar, romper paredes, arrancarle la verdad a mi propia sangre, pero Sofía me miraba a cada minuto para saber si todavía estaba segura.
Así que respiré.
Le di agua.
Le sostuve la mano.
A la medianoche llegó una agente del Ministerio Público llamada Daniela Torres. Traía una carpeta azul y una voz tranquila.
—Necesito saber por qué Víctor Salgado tenía prohibido acercarse a su hija.
Le conté lo poco que sabía. Que cuando yo era adolescente escuché discusiones sobre él. Que se decía que había robado dinero de una fundación infantil en Chilpancingo. Que el caso se había apagado de la nada. Que mi madre obligó a todos a callar.
La agente Torres no pareció sorprendida.
—No fue solo dinero —dijo—. En esa investigación también desaparecieron expedientes de menores.
Sentí que el piso se hundía.
Al día siguiente encontraron la camioneta blanca detrás de una bodega rentada. Dentro había cinta, una cobija infantil y una botella de jugo de mango que Sofía reconoció. También hallaron un teléfono desechable.
Ese teléfono tenía mensajes de Karla.
Uno decía:
“Está chiquita. No va a entender.”
Otro decía:
“Mamá dice que solo será una noche.”
Karla fue detenida antes del mediodía afuera de la casa de mis padres. Mi papá intentó cerrar el portón, pero los agentes lo apartaron. Mi madre no salió.
Horas después me llamó desde un número desconocido.
—No tienes idea de lo que acabas de provocar.
Miré a Sofía dormida en la cama del hospital, con una venda suave alrededor de la muñeca.
—Sí tengo idea —le dije—. Acabo de impedir que vendieran el miedo de mi hija.
Mi madre guardó silencio.
Después dijo una sola frase:
—Entonces prepárate, porque Víctor no era el único que necesitaba esa casa.
PARTE 3
La casa.
No tuve que preguntar cuál.