Se casó con una viuda de 71 por su casa, pero en el funeral ella le dejó una caja que lo destruyó por dentro

Rebeca sonrió con veneno.

—Perfecto. Que admita frente a todos lo que fue.

Mateo bajó la mirada.

—Lo voy a hacer.

Ese domingo, la familia se reunió en la casa azul.

La misma casa que Mateo había deseado como si fuera un premio.

La sala olía a café de olla y a flores marchitas. En la pared seguía la foto de Elena con su difunto esposo, don Julián.

Rebeca se sentó al centro, lista para verlo hundirse.

Mateo llegó con la caja entre las manos. Ya no llevaba la chamarra elegante que usaba para aparentar. Iba con una camisa sencilla, los ojos rojos y el cuerpo encogido.

—Vine a leer lo que Elena pidió —dijo.

Nadie respondió.

Abrió la carta y empezó.

Contó todo.

Que él se acercó a Elena por conveniencia.

Que aceptó casarse porque pensó que ella moriría pronto.

Que muchas noches miró las escrituras de la casa y se imaginó dueño de todo.

Los familiares murmuraron.

—Qué poca madre.

—Yo sabía.

—Desgraciado.

Mateo no se defendió.

Siguió leyendo.

“También quiero que sepan que nadie me engañó por completo. Yo elegí a Mateo. No porque fuera buen esposo, sino porque vi en él una herida que se parecía a la mía. La soledad vuelve torpe a la gente. A veces uno se aferra a quien no sabe querer, con la esperanza de enseñarle.”

Rebeca se levantó.

—¡No! ¡No vengas a limpiar su nombre con palabras de mi tía!

Mateo continuó, aunque la voz le temblaba.

“Rebeca, hija, sé que vas a estar enojada. También sé por qué. Encontré los documentos que escondiste.”

El silencio cayó pesado.

Rebeca palideció.

Mateo se detuvo.

—¿Qué documentos?

El abogado, que había ido como testigo, sacó una carpeta.

—Doña Elena pidió que esto se entregara hoy.

Rebeca dio un paso atrás.

—Eso no tiene nada que ver.

El licenciado abrió la carpeta.

Ahí estaban los estados de cuenta.

Durante 4 años, Rebeca había usado una tarjeta adicional de Elena para pagar viajes, ropa, cirugías estéticas y deudas de su esposo. Le decía a todos que cuidaba a su tía, pero cada mes le sacaba dinero con pretextos.

Medicinas.

Reparaciones.

Honorarios falsos.

El golpe fue brutal.

La familia que había llamado a Mateo vividor se quedó muda.

—Yo la cuidaba —balbuceó Rebeca—. Yo merecía algo.

El abogado habló con calma.

—Doña Elena lo sabía. Por eso le dejó la casa, pero con hipoteca pendiente y la obligación legal de devolver lo que tomó indebidamente. Si no lo hace, la fundación puede demandarla.

Rebeca se desplomó en el sillón.

Mateo la miró sin gusto.

No sintió victoria.

Solo asco de verse reflejado en ella.

Él también había querido aprovecharse.

La diferencia era que Elena, incluso sabiendo la verdad, le había dejado una salida.

No una casa.

No una herencia grande.

Una salida.

Mateo terminó de leer la última página.