PARTE 1
Mateo Vargas tenía 25 años cuando se casó con doña Elena Robles.
Él dormía en su camioneta vieja, atrás de una Bodega Aurrera en las afueras de Guadalajara. Debía dinero a 2 financieras, traía los tenis abiertos y comía tortas frías cuando alcanzaba.
Ella tenía 71, era viuda, vivía sola en una casa azul de la colonia Jardines del Sol y hablaba bajito, como si nunca quisiera molestar a nadie.
Cuando la gente los veía juntos, murmuraba.
“No puede ser amor.”
“Ese muchacho anda viendo qué le saca.”
“Pobre señora, tan buena y tan mensa.”
Y la verdad era peor.
Mateo no se casó con Elena por amor.
Se casó porque tenía hambre, frío y miedo.
Se dijo a sí mismo que no era un vividor, sino un sobreviviente. Que la vida lo había tratado de la fregada y ahora le tocaba ganar tantito. Que si acompañaba a una anciana unos años, si fingía cariño, si aguantaba las miradas de la familia, algún día la casa sería suya.
Elena nunca le preguntó si la amaba.
Solo lo miraba con esos ojos cansados y le decía:
—Aquí no tienes que dormir con miedo, mijo.
Esa palabra le molestaba.
Mijo.
Él era su esposo, al menos en los papeles. Pero ella muchas veces lo trataba como si fuera un niño roto que necesitaba sopa caliente.
Le preparaba caldo de pollo cuando llovía. Le compró botas nuevas cuando vio que las suyas tenían la suela despegada. Una noche de diciembre dejó un abrigo grueso junto a la puerta.
—Con esa chamarrita te vas a enfermar —dijo, como si regalarle algo fuera lo más normal del mundo.
Mateo apenas levantó la vista del celular.
—Gracias.
Ni siquiera sonó sincero.
Elena no reclamó. Nunca reclamaba.
Eso lo desesperaba más.
Sus sobrinos, sobre todo Rebeca, la hija de su hermana menor, lo odiaban. Cada domingo llegaban a comer y lo miraban como si él hubiera robado los cubiertos.
—Tía, todavía estás a tiempo de anular eso —le decía Rebeca en la cocina, creyendo que Mateo no escuchaba.
—Mateo no es malo —respondía Elena.
—No, tía. Es peor. Es interesado.
Mateo apretaba la mandíbula, pero por dentro se repetía que no importaba.
Que hablaran.
Que lo juzgaran.
Al final, ellos se irían a sus casas rentadas o hipotecadas, y él se quedaría con aquella casa fresca, con bugambilias, azulejos antiguos y una cochera donde por fin no tendría que esconderse.
Cada visita al doctor le parecía una señal.
Cada frasco de pastillas sobre la mesa le recordaba que el tiempo corría a su favor.
Elena tenía presión alta, dolor en las rodillas y un corazón cansado desde hacía años.
Mateo la acompañaba al hospital, le cargaba la bolsa, sonreía cuando las enfermeras lo felicitaban por ser “tan buen esposo”.
Pero mientras Elena contestaba preguntas del médico, él miraba las paredes y hacía cuentas.
No con lágrimas.
Con números.
Una mañana, Elena cayó en la cocina.
Mateo la encontró junto al refrigerador, con una mano apretada contra el pecho. El café se había derramado en el piso y el vapor subía como un fantasma.
—¡Elena! —gritó.
Por primera vez, su voz no sonó fingida.
Llamó a la ambulancia. En el hospital, Rebeca llegó hecha una furia.
—¿Qué le hiciste?
—Nada, güey, ¿estás loca?
—No me digas güey, muerto de hambre.
Elena estuvo 3 días en terapia intensiva.
Mateo se quedó en la sala de espera, no por amor, según él, sino porque debía verse bien ante todos.
Pero cuando una doctora salió y dijo que Elena no había resistido, algo raro se le hundió en el pecho.
No lloró.
Solo se quedó sentado, con las manos heladas.
En el funeral, los familiares lo rodearon como perros.
—Ya conseguiste lo que querías.
—Ojalá te dé vergüenza quedarte con su casa.
—Elena era demasiado buena para un tipo como tú.
Mateo no contestó.
Porque una parte de él pensó que tal vez sí.
Que tal vez por fin había ganado.
Pero al día siguiente, en la oficina del licenciado Saldaña, todo se vino abajo.
El abogado leyó el testamento con voz seca.
La casa quedaba para Rebeca.
Los ahorros iban a una fundación para mujeres viudas sin familia.
Las joyas serían vendidas para pagar becas de enfermería.
Mateo no recibió ni un peso.
Rebeca sonrió con desprecio.