—¿Qué pasó, galán? ¿No te salió el negocio?
Mateo sintió que le ardía la cara.
Entonces el licenciado sacó una caja vieja de zapatos y la puso frente a él.
En la tapa estaba escrito su nombre con la letra temblorosa de Elena.
Mateo tragó saliva.
—¿Qué es esto?
El abogado lo miró fijo.
—Doña Elena dijo que esto era lo que usted realmente quería.
Mateo abrió la caja con rabia.
Pero lo primero que vio adentro hizo que se le fuera el aire.
Era una foto vieja de él cuando tenía 8 años, dormido en una banca de la Central Nueva, abrazado a una mochila rota.
Y detrás de la foto, escrito por Elena, decía:
“Ese día entendí que no buscabas dinero. Buscabas que alguien no te volviera a abandonar.”
PARTE 2
Mateo no pudo moverse.
La oficina del licenciado Saldaña se quedó en silencio, pero en su cabeza todo hizo ruido.
Rebeca fue la primera en reaccionar.
—¿Qué clase de teatro es este?
Mateo tomó la foto con los dedos temblando. Él recordaba esa mochila. Era gris, con un cierre roto y una mancha de mole que nunca se quitó.
Recordaba la banca.
Recordaba el frío.
Recordaba haber esperado a su mamá toda la tarde, toda la noche y parte del día siguiente, hasta que un policía lo llevó a un albergue.
Pero no recordaba a Elena.
No podía.
—¿De dónde sacó esto? —preguntó con la voz quebrada.
El abogado suspiró.
—Doña Elena dejó una carta. Pidió que se leyera solo si usted abría la caja.
Rebeca cruzó los brazos.
—Claro, ahora resulta que mi tía también era novelista.
El licenciado no le hizo caso.
Sacó un sobre amarillento y comenzó a leer.
“El día que conocí a Mateo, él no se llamaba Mateo todavía. En el albergue le decían ‘el niño de la terminal’. Tenía 8 años, fiebre y unos ojos que no confiaban en nadie. Yo era voluntaria ahí, después de que murió mi esposo. Le llevaba pan dulce a los niños cada viernes.”
Mateo sintió que la garganta se le cerraba.
La carta seguía.
“Quise adoptarlo. Lo intenté. Pero me dijeron que era demasiado grande, viuda y enferma para recibir a un niño con tanto problema. Me dejaron visitarlo un tiempo, hasta que un día lo trasladaron a otro hogar. Nunca me dijeron a dónde.”
Mateo apretó la foto contra el pecho.
De pronto recordó un olor.
Canela.
Chocolate caliente.
Una mujer de cabello canoso que le había puesto una cobija encima y le había dicho:
—Duérmete, mi niño. Aquí nadie te va a correr.
No era un sueño.
Era Elena.
El abogado siguió leyendo.
“Lo busqué durante años. Pensé que tal vez ya tendría una familia. Luego, 17 años después, te vi afuera de la tienda, durmiendo en una camioneta. Tenías barba, orgullo y la misma mirada de niño abandonado.”
Mateo cerró los ojos.