—Te salvé de una mujer que quería atraparte. Ni siquiera sabíamos si eran tuyos.
—Podías pedir una prueba.
—No iba a arriesgar el apellido por una muchacha cualquiera.
Mateo se colocó delante de Mariana.
—Mi mamá no es cualquier muchacha.
El niño tenía 4 años, pero habló con tanta firmeza que varios invitados bajaron sus teléfonos.
—Ella trabaja mucho, nos cuida y enseña a leer a señores grandes. Usted no puede hablarle así.
Mariana lo abrazó.
Sebastián sintió algo romperse dentro de él.
Había creído que quizá nunca tendría hijos.
Ahora tenía 3 enfrente, pero ninguno sabía si podía confiar en él.
Renata se quitó lentamente el velo.
—Sebastián, ¿todavía amas a Mariana?
Él miró a la mujer con la que estaba a minutos de casarse.
—No sé qué derecho tengo a hablar de amor. La abandoné cuando más necesitaba que la defendiera.
Mariana sostuvo su mirada.
—No culpes de todo a tu madre. Ella escondió mis mensajes, pero tú me viste salir de tu casa con 1 maleta y no moviste 1 dedo.
Sebastián asintió.
—Tienes razón.
Verónica soltó un bufido.
—¿Vas a destruir una alianza entre 2 familias por esta escena?
Renata se volvió hacia ella.
—La boda ya estaba destruida. Usted solo la decoró con flores caras para que nadie lo notara.
Después dejó el anillo sobre una mesa.
—No me casaré con un hombre que está aquí por obediencia. Tampoco seré la villana en la vida de 3 niños.
Sus padres intentaron acercarse, pero ella levantó la mano.
—Estoy bien. Creo que es la primera decisión honesta que tomo en años.
En menos de 10 minutos, Verónica había perdido la boda, la alianza empresarial y el control sobre su hijo.
Pero faltaba otro golpe.
Don Ernesto entregó a Sebastián una segunda carpeta.
Dentro había transferencias, contratos y correos internos. Verónica había usado dinero de una fundación educativa para pagar parte de la boda y cubrir deudas de 1 hotel.
La misma fundación que públicamente decía apoyar a mujeres y niños vulnerables.
—Guardé las pruebas porque sabía que esto iba a explotar —confesó don Ernesto—. Me amenazó con dejar sin tratamiento a mi esposa si hablaba.
Verónica palideció.
—Eres un traidor.
—No, señora. Solo tardé demasiado en dejar de ser cobarde.
Entre los invitados había una periodista financiera. Varios socios salieron del jardín para llamar a sus abogados.
El padre de Sebastián, silencioso durante años, se plantó frente a Verónica.
—Se acabó.
—¿Qué se acabó?
—Tu control sobre la empresa. Convocaré al consejo esta semana.
Por primera vez, ella pareció asustada.
—Todo lo hice por esta familia.
—No —respondió Sebastián—. Lo hiciste por el apellido y destruiste a la familia real.
Lucía tiró de la manga de Mariana.
—Mamá, ¿ya nos vamos?
La niña estaba abrumada por las cámaras y las voces.
Mariana tomó las manos de sus hijos.
—Sí, mi amor.
Sebastián dio un paso.
—Espera.
Ella se detuvo, pero no se acercó.
—No voy a pedirte que me perdones ni que volvamos. No sería justo después de 4 años.
—Entonces, ¿qué quieres?
Sebastián miró a los niños.