PARTE 1
A Verónica Alcázar le encantaba repetir que los Alcázar no cometían errores.
Su hijo Sebastián creció escuchándolo en la mansión familiar de Lomas de Chapultepec, entre empleados discretos, retratos antiguos y conversaciones donde el dinero pesaba más que los sentimientos.
La familia poseía hoteles en Los Cabos, desarrollos inmobiliarios en Querétaro y restaurantes donde una cena costaba el sueldo mensual de muchas personas.
Para Verónica, el amor era agradable.
Pero el apellido era sagrado.
Por eso, cuando Sebastián se enamoró de Mariana Ríos, ella sonrió con educación, aunque decidió desde el primer día que aquella muchacha nunca sería parte de su familia.
Mariana era hija de un mecánico jubilado y una maestra de Toluca. Había estudiado pedagogía y enseñaba por las tardes a adultos que querían terminar la secundaria.
Soñaba con abrir un centro comunitario para madres solteras y trabajadores que no habían podido estudiar.
Sebastián la conoció en la biblioteca de la universidad.
Él llevaba casi 1 hora mirando la misma página de derecho empresarial cuando Mariana se sentó enfrente.
—Estás viendo ese libro como si te debiera dinero.
Sebastián se rió como no lo hacía desde niño.
Con ella olvidaba los negocios y la presión de ser el heredero perfecto. Le prometió una casa sencilla, desayunos de domingo e hijos corriendo por el pasillo.
Todo cambió cuando la llevó a conocer a Verónica.
Durante la cena, su madre levantó la copa.
—Ser buena persona es admirable, Mariana. Aunque una familia como la nuestra necesita algo más que buenas intenciones.
Mariana entendió la humillación.
Sebastián fingió no hacerlo.
Después, Verónica exigió estudios médicos antes del compromiso. Los resultados indicaron que Sebastián tenía fertilidad muy baja y Mariana una condición hormonal que podía complicar un embarazo.
Complicarlo.
No impedirlo.
Pero Verónica convirtió esa posibilidad en sentencia.
—Una mujer que no puede garantizar herederos no es adecuada para mi hijo.
Mariana miró a Sebastián esperando que la defendiera.
Él bajó la cabeza.
Esa noche, ella se marchó con 1 maleta y el corazón roto.
Sebastián no la siguió.